Cuando Inés del Basto llegó a la ciudad con la imagen de Santa Ana, Maracaibo era muy joven. Corría el año 1608. La devoción de la mujer, sumada a la de su esposo, Francisco Ortiz, le dieron a la naciente ciudad una ermita donde los pobres de corazón y de bienes pudieran ir a dar gracias a Dios por las dichas o los infortunios que les había tocado vivir. Desde entonces, la capilla Santa Ana ha estado ahí, al lado de la Beneficencia (hoy Hospital Central), silente y moribunda, con sus puertas cerradas.
Considerada una joya arquitectónica y enquistada en lo más profundo de la historia, la capilla pasa desapercibida; hay quienes ni siquiera saben dónde está. Su travesía se encuentra atorada en un nódulo de la fábula, en el imberbe siglo XXI. Filtraciones, humedad, sustituyen la imponente belleza de su interior, Santa Ana parece evaporarse de calor, su mirada reclama un milagro terrenal, mientras se agrieta debe evocar a Inés del Basto, para que la lleve a lavar su sed y su calor en las orillas del Coquivacoa. Para la arquitecta Cecilia Cardozo, mujer dedicada desde la Universidad del Zulia a la restauración, todo esto es simple: negligencia y abandono. “Parece que no tenemos la capacidad de recapacitar, de recuperar la historia. Los gobernantes parecen no entender que es mejor mantener que restaurar. Las restauraciones no deberían existir en una tierra con tantos valores de concreto armado, de barro y hierro, el casco central debería ser patrimonio mundial de la humanidad, pero hasta la misma Iglesia abandonó a la capilla”.
Hay mucha cultura en las calles de la gran ciudad de Maracaibo, su casco central por ejemplo, el Puente, que se asemeja a un diente de marfil gigante atravesando el Lago, la Catedral, la plaza Bolívar, sus coloniales edificios, la calle central, la Derecha; la ciudad tiene todos los ingredientes para equilibrar el tiempo de hoy y todo el que se le ha quedado adentro. Pero hay apatía, hay negación, el esnobismo ha sepultado en sus bodegas más oscuras la identidad y el reconocimiento de quien se es, viviendo con 40 grados a la sombra.
Hoy los jóvenes van a la plaza Baralt a comprar cualquier cosa, no saben dónde está el edificio Tito Abbo, cuál es su valor, su historia; tarantines y mamotretos no permiten que se pueda mirar hacia arriba, no dejan ver la cultura.
La misma suerte de la capilla Santa Ana, es la del edificio Tito Abbo construido cinco siglos más tarde. Asediado por las trampas que se debaten en sus faldas, cercado por armatostes de hierro mal forjado, se escarapela de sed y de calor esta imponente construcción del siglo pasado. Construido por el patriarca Tito Abbo Fontana en 1938, magnate del comercio entre Colombia y Venezuela, quien vio en el casco central una efervescencia comercial y una oportunidad para el desarrollo, de manera que en menos de dos años edificó esta joya de la arquitectura en la que hoy, en su imponente puerta, venden viagra (mango verde con sal, adobo, vinagre), su vientre guarda carcachas y cajones de hierro con mercancías de la economía informal, sus balcones: heces y nidos de palomas, en sus ventanas otoñales de madera milenaria se conservan las voces de quienes lo construyeron, cada crujir es un reclamo a tanta impotencia cultural, a tantas ‘vistas gordas’.
La arquitecta Cardozo, a quien se le dio la responsabilidad una vez de restaurar su fachada, solo se atrevió a decir: “Si no le damos habitabilidad a las cosas, éstas están destinadas a la muerte, aquí no hay un incentivo cultural, no hay políticas con criterios, optan por construir en lugar de recuperarle la memoria a la ciudad”.
En condiciones similares se encuentra la quinta La Montañesa, al borde de su demolición, porque el progreso de la avenida Bella Vista parece no querer perdonar a los vetustos diseños arquitectónicos del siglo XX. Conocida también como “El hato” es, junto a la Villa Carmen, sobreviviente del exterminio que en los últimos años ha dejado a Bella Vista sin memoria histórica. Su construcción data de 1951, en los terrenos que fueron propiedad de Alberto Roncayolo, quien le vendió a José Rodríguez y éste a su vez al doctor Bernardo Rodríguez D’ Empaire, siendo este último quien construyó y diseñó la casa. En la actualidad, la quinta camina por el filo de la navaja, su último dueño, Hermann Petzold, aseguró desde Costa Rica que cuando la vendió no pensó nunca que la fueran a demoler.
Audio Cepeda, fotógrafo y doliente de esta majestuosa ciudad asegura: “Esta casa es la representación de un Maracaibo distinto y amable. Van a acabar con la historia si no se hace algún tipo de presión”.
No es posible distinguir qué es peor, si la apatía cultural o que se ignore a totalidad todo cuanto se tiene alrededor. Así parece suceder en esta ciudad puerto, cargada de historia y filantropía. Sin embargo; el paso a la modernidad le ha dejado una gran herida; desde el más grande crimen arquitectónico acaecido en estas tierras calientes: la demolición de El Saladillo por órdenes del presidente para ese entonces, Rafael Caldera, Maracaibo ha seguido en el tránsito de la más terrible impunidad.
Su historia se ha combinado con el desarraigo para dejar que estos atropellos de abandono cultural sigan sucediendo, sigan destruyendo, como una justificación del paso del tiempo. “Vamos a terminar tumbando la ciudad, debemos hacernos partícipes de eso aunque no seamos parte de la porra, —afirmó Audio Cepeda— puesto que parecemos inmunes ante tanta transgresión”.
En la década de los 60, el arquitecto suizo Jean-Jacques Pahud, antes de construir su imperio de calamina en Lausanne, Suiza, construyó la iglesia del colegio San Vicente de Paúl, rompiendo con los viejos cánones españoles de querer tocar el cielo con sus torres, el arquitecto hizo gala de su ingenio con el manejable hormigón y el resultado fue la iglesia enquistada en el colegio a la que muchos confunden en un salón para la gimnasia o una cancha de básquet. Es lo que ha sucedido a las grandes obras de la ingeniería en la ciudad de Aguirre, Morán y Lossada: se ignoran o pasan desapercibidas, aunque en otras latitudes éstas fueran sinónimo de destinos turísticos y de invaluable relevancia, ni siquiera por curiosidad el grueso de la comunidad marabina se acerca al templo. “La falta de información ha hecho de esta maravilla pretensada un perfecto desconocido —asegura Cardozo—. Caemos en lo mismo, mientras no se eduque no tendremos mejores ciudadanos que miren hacia adentro. Hasta la misma Iglesia ha cerrado las puertas, quizá sea obra de la inseguridad, no creo que Dios justifique que por estas causas las puertas de un templo se mantengan cerradas”.
Cuando en 1979 la ciudad estaba inmersa en una adolescencia otoñal, nació el centro comercial Costa Verde, del arquitecto Hernández Casas. Este último, diseñado por el estudio AT Arquitectos, incorporó una novedosa forma de organización arquitectónica basado en modelos norteamericanos, cuya interpretación logró una excelente adaptación al clima tropical y al ambiente local, con la incorporación del patio central. Es este preludio a los grandes mall una maravilla moderna, cosa que no llevan en sus genes sus hermanos menores.
‘Calle Vieja’, el cine, su increíble frescura no ha sido emulada por ningún arquitecto y hoy en el silencio de sus fuentes con cabezas de león solo se ve brotar un poco de tristeza, tras el éxodo de las masas a los mall diseñados en disonancia con lo que en realidad somos como Caribe. “Imagina por un momento Costa Verde en el lugar donde está Lago Mall —dice la experimentada arquitecta Cecilia Cardozo— eso sería un patrimonio”.
Pero como dijo antes el fotógrafo y cultor Audio Cepeda: “La ciudad está sumergida en la impunidad que es parte de la manera colectiva de cómo se vive hoy, nadie se preocupa por el peso de la historia. Y de seguir en esta trama, nos quedaremos como un cuerpo en coma, sin nada que mostrar, sin recuerdos, sin memoria”.