Opinión

2016, todas las pobrezas juntas

Más allá de la política o por cualquier otro evento, 2016 será recordado como el año cuando se acabó el mito de la riqueza colectiva y Venezuela amaneció definitivamente pobre, endeudada, desabastecida, con sus nacionales emigrando en cambote y un clima nacional de desilusión colectiva, sin fe en nada ni en nadie.

Lo que Uslar y Pérez Alfonso advirtieron medio siglo atrás —que el modelo petrolero podía culminar en una ruina nacional— se materializó con el desplome del precio del crudo y se agravó por la hipertrofia del Estado y los concomitantes procesos de desindustrialización,  parálisis productiva, total dependencia de las importaciones y escasez general de divisas.

El año había comenzado bajo un auspicioso signo de cambio. La  victoria de la oposición  auguraba un pronto cambio de gobierno, de modelo económico y de situación general. De hecho, embriagada por un triunfo legislativo que también a ellos había sorprendido, la dirigencia opositora anunciaba que en seis meses, sólo seis, saldría de Maduro por alguna de las vías constitucionales disponibles.

El Gobierno aprovechó la euforia de la oposición y lanzó un plan para atornillarse en el poder a toda costa. En el camino modificó el precario equilibrio de poderes, supeditando lo legislativo y electoral a un Tribunal Supremo absolutamente comprometido con su causa, alteró alguna parte visceral de la Constitución de 1999, desconoció la figura del referéndum revocatorio que fue una de las clave de la legitimidad de Chávez, anuló las competencias del Parlamento y terminó prorrogando el mandato de los gobernadores más allá del cuatrienio para el cual fueron electos. El juego parecía trancado cuando una mediación internacional encabezada personalmente por el Papa Francisco de Roma logró sentarlos en una mesa de negociación, que le dio un lapso adicional al gobierno, completó la división y cuestionamiento a la oposición y  eliminó la urgencia del recurso electoral para resolver la crisis.

Pero allende la dinámica política, la crisis económica se profundizó hasta niveles inimaginables. Mes tras mes la devaluación se marcaba por tres indicadores inmarcesibles: el precio del dólar negro, el cambio del peso en la frontera y los precios de cada anaquel. Ya entonces operaba una masiva fuga de cerebros, cada médico e ingeniero procurando sus reválidas, los muchachos emigrando en cambote, cada Embajada colapsada por las solicitudes de visa y hasta la muy pobre Nicaragua como un lugar idóneo para salir a trabajar.

Diciembre terminó siendo el mes culminante del derrumbe económico. Todo vino sobrevenido. De repente el dólar profundizó su escalada alcista y se cotizaba a más de 4 mil bolívares, para los mismos días que los bancos colapsaban por falta de efectivo, con sus páginas colgadas, los puntos de venta también inoperantes, y progresivamente sobrevino la parálisis, sin dinero disponible, ni efectivo ni plástico ni digital. Cada tendero, vendedor de repuestos, el comercio en pleno remarcando precios y especulando impúdicamente.   El Presidente lanzó entonces la “desmonetización” del billete de cien; muchedumbres depositando millones, millares queriendo repatriar millardos de billetes y entre la falta total de dinero, entre la desesperación creciente, al sexto día estalló una especie de “Caracazo”, en Ciudad Bolívar y otras poblaciones, centenares de negocios saqueados y quemados. El cono sustitutivo, los billetes nuevos tampoco aparecía y  el de cien volvió a circular, teóricamente por dos semanas más.

De resultas, la Venezuela antiguamente saudita derivó a la  pobreza colectiva… y así llegó al borde de un nuevo año marcado de antemano por la incertidumbre en todos los niveles.

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