La definición jurídica de genocidio adoptada por Naciones Unidas no establece un criterio de duración temporal. Aun así, en el uso común suele reservarse ese término para procesos de destrucción rápida y visible de un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y no para la eliminación gradual, acumulativa y deliberada de una parte de la población.
Una percepción asociada a la rapidez
En la práctica, el concepto suele aplicarse a episodios de violencia concentrada, como el Holocausto o el genocidio de Ruanda, en los que la destrucción de un grupo se percibe como inmediata y masiva.
En cambio, otras dinámicas de exterminio más prolongadas tienden a describirse de otra manera. Ese es el caso del régimen de Pol Pot en Camboya, asociado con un genocidio lento o por desgaste, que tardó tres años en acabar con una cuarta parte de la población.
Así, la distancia entre la definición jurídica y la percepción social del genocidio no gira solo en torno a la magnitud de la violencia, sino también a la velocidad con la que esta se ejecuta y se hace visible.