El revés electoral en Estados Unidos le complica a Trump el tablero doméstico, pero no altera los incentivos que empujan su política hacia América Latina.
La victoria demócrata en las elecciones de medio término dejó a Donald Trump sin control de ninguna de las cámaras y lo obligó a gobernar sus dos últimos años como un pato rengo. Aun así, ese golpe no parece suficiente para modificar la línea dura que su administración mantiene sobre América Latina.
Menos margen en Washington, más presión afuera
La nueva Cámara podrá revisar la política arancelaria y abrir espacio para cuestionar asuntos como el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá, pero el efecto más visible de la derrota podría darse en Medio Oriente, no en el continente americano. Según las encuestas a boca de urna, tres de cada cuatro votantes señalaron la guerra con Irán como un factor importante de su voto y 62% la consideró un error.
En el Senado, un intento de poner fin a la ofensiva militar había fracasado en septiembre por apenas dos votos. Con la nueva mayoría, esa correlación podría cambiar. Dentro del trumpismo, además, la derrota reaviva la disputa entre los primacistas, partidarios del liderazgo global de Estados Unidos, y los restrainers, que rechazan las guerras lejanas y prefieren concentrar recursos en China.
Al día siguiente de la elección, JD Vance escribió en X que la razón de la derrota era “obvia para casi todos” y citó una encuesta que ubicaba el fin de la guerra como la primera condición para recuperar votantes perdidos. Marco Rubio, en cambio, quedó golpeado por el resultado, incluso en Florida, donde su antigua banca en el Senado fue retenida por menos de tres puntos.
Cuatro factores sostienen la línea dura sobre América Latina
La razón central por la que el resultado electoral no cambiaría la política hacia América Latina es que allí confluyen incentivos más fuertes que los que pesan sobre otras regiones. El primero es personal: Trump conserva margen para actuar sin la presión de buscar la reelección y con un Congreso adverso, una combinación que suele empujar a los presidentes a mirar hacia afuera, usar más la diplomacia presidencial, firmar acuerdos ejecutivos y recurrir con más facilidad a la fuerza.
Trump también sigue contando con herramientas de coerción que no dependen del Legislativo. Entre ellas están los aranceles, ya aplicados a casi 20 países de la región, y la revocación de visas, que alcanzó al entonces presidente colombiano Gustavo Petro, al expresidente costarricense Óscar Arias y a jueces de la Corte Suprema brasileña.
La segunda razón es partidaria. Aunque los republicanos discrepan sobre Medio Oriente o Ucrania, coinciden en una visión dura sobre el hemisferio. Steve Bannon pidió tras la reelección de Lula que Washington rompiera relaciones diplomáticas y cortara el comercio con lo que calificó como un régimen “marxista”. Para esa corriente, América Latina es un perímetro de seguridad propio y un frente clave frente a China.
La tercera razón es institucional. Buena parte de la estrategia estadounidense sobre la región se diseña y ejecuta desde el Comando Sur, que en el último año reconvirtió la lucha contra el narcotráfico en una guerra contra el “narcoterrorismo”. En sus informes anuales ante el Congreso, China pasó de aparecer cuatro veces en 2015 a convertirse en 2021 en la amenaza más nombrada, con 78 menciones en 2024, casi el doble que Rusia. A eso se sumó una arquitectura militar más densa, con el Escudo de las Américas, el comando de guerra autónoma creado en abril y el nuevo Comando del Hemisferio Occidental del Ejército.
La cuarta razón es estratégica: la reedición de la Doctrina Monroe, rebautizada en el debate como Doctrina Donroe, excede a Trump y al propio Partido Republicano. Su eje es limitar la presencia china en puertos, inteligencia artificial, infraestructura crítica, energía y minerales. En el Congreso abundan las iniciativas bipartidarias para contrarrestar esa influencia, y el gobierno de Biden ya había consolidado buena parte del giro iniciado por Trump, incluidos los aranceles contra Beijing.
China, el consenso que sobrevive a la pelea interna
En ese escenario, un Congreso demócrata podría cuestionar ataques contra lanchas en el Caribe, pero difícilmente discuta el objetivo de frenar la presencia china en la región. Ese consenso es el que más pesa. Por eso, gane quien gane en 2028, la competencia con China seguirá ordenando la política hacia América Latina, aunque con otra intensidad y otros métodos.
Nada de eso significa que el cuadro esté cerrado. El presupuesto de defensa da a la Cámara de Representantes una palanca concreta y el costo de vida puede volver impopular cualquier aventura militar. Pero esos frenos pesan menos en una región donde la presión se ejerce sobre todo con aranceles, sanciones y visas.
En esa lógica, Cuba aparece como el caso más evidente. Trump ya anticipó que la isla “es la siguiente”, y una caída del régimen cubano le permitiría reclamar un logro histórico y golpear, a la vez, el legado de Barack Obama. La derrota electoral puede recortar el margen de maniobra de Trump en otras zonas, pero en América Latina los incentivos individuales, partidarios, institucionales y estratégicos apuntan a la continuidad de la Doctrina Donroe y, posiblemente, a su profundización.
Contenido redactado con asistencia de un LLM.