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Europa ante el terrorismo y los vientos del miedo

El miedo al llamado terrorismo islámico llegó a Europa por la estación de Atocha, en Madrid, a bordo de cuatro trenes de cercanías. Fue el 11 de marzo de 2004, apenas amanecía, miles de españoles y españolas atestaban el metro para ir a sus trabajos y cuando menos se lo esperaban, incluso, cuando el terror a ETA comenzaba a difuminarse, 10 explosiones en cadena les arrebataron la vida a 191 personas y provocaron heridas a otras 1.600.

Los vientos del miedo habían soplado sobre el viejo continente desde la llegada del año 2000 con todo su simbolismo apocalíptico y milenarista. El afamado sastre francés, Paco Rabanne, como prueba de aquel Armagedón, vaticinó que la estación espacial rusa Mir se desplomaría y caería justo sobre la torre Eiffel. En las ciudades alemanas de Coblenza y Magdeburgo hubo suicidios provocados por la supuesta llegada del fin del mundo que, según las profecías de Nostradamus, iniciaría el 11 de agosto de 1999.

Lo que realmente soplaba eran los vientos de la crisis que hoy se ha instalado al otro lado del océano y que se antojaba de las máscaras más caprichosas, pero el miedo como lo define la investigadora social mexicana Rossana Reguillo, “el miedo como una experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida” se bajó en la estación de Atocha con las Brigadas Abu Hafs al Masri, de Al Qaeda.

Europa aún no superaba el estupor por los ataques del 11 de septiembre de 2001 a Nueva York y la matanza en Madrid le confirmó que este otro miedo no era simbólico, ni de temporada, ni que era endémico del Medio Oriente o de África, sino que convivía entre ellos y que por único rostro llevaba un turbante, imposible de distinguir entre los millones de migrantes árabes, asiáticos y africanos que profesan la fe del profeta Mahoma.

Por ello lo primero que afloró fue la alergia xenófoba y tanto los ciudadanos como las autoridades volvieron la mirada a barrios o distritos como el Molenbeek de Bruselas en los que se apiñan los migrantes con escazas posibilidades de trabajo, estudio y servicios de salud.

En nombre de su seguridad Europa ha intentado blindarse y contrario a los principios de la unión, que ha procurado levantar todas las barreras posibles entre sus países miembros, nuevas cortinas de hierro se han tendido para tratar de frenar la amenaza que aún los mantiene con el aire contenido.

Se cumple un año de los atentados simultáneos a la sala de conciertos Bataclan, el boulevard Voltaire y las inmediaciones del estadio de futbol de Paris. Terroristas armados con fusiles de asalto y explosivos apagaron la vida de 120 personas, 80 de ellas cuando disfrutaban de un concierto de viernes por la noche. Ocho de los atacantes también murieron en los atentados, siete de ellos al hacer detonar explosivos atados a sus cuerpos.

Los nervios de París ya se habían crispado el 8 de enero de 2015 cuando 12 personas fueron acribilladas en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo. Era media mañana y se daba inicio a la reunión diaria del equipo de redacción cuando los terroristas armados con fusiles entraron en el lugar y abrieron fuego asesinando, incluso, al director del semanario, Stéphane Charbonnier.

En la tapa de Charlie Hebdo habían aparecido una serie de caricaturas del profeta Mahoma que molestaron a la comunidad islámica cuya fe prohíbe la representación gráfica del mensajero de Alá. Aunque fueron amenazados en reiteradas oportunidades, en defensa de lo que ellos consideran los valores democráticos de Europa, la directiva del medio continuó con la publicación sin quizás pensar que lo que unos consideraban un exceso de tinta sobre papel periódico otros lo cobrarían con un sangre.

Al día siguiente de la masacre en Charlie Hebdo otro autodenominado yihadista asesinó a cuatro judíos en un supermercado kosher de París. Para entonces los medios informaron que Francia es el país europeo que más combatientes aporta a las filas del Estado Islámico. Al menos 1.400 y, según la policía, 300 han regresado a esa nación, lo que supone una potencial amenaza.

Sólo en 2016 varios ataques mortales han demostrados que Europa está lejos de controlar la amenaza terrorista. El 23 de marzo de 2016 un doble atentado reivindicado por el Estado Islámico dejó al menos 30 muertos y más de 230 heridos en Bruselas, tras un ataque suicida en el aeropuerto de Zaventem y una explosión en una céntrica estación de metro, a un paso de las instituciones europeas.

Cuatro meses después, el 18 de julio de 2016, un francés de origen tunecino de 31 años arrolló con un camión a una multitud cuando disfrutaba en el Paseo de los Ingleses en Niza de los fuegos artificiales por las fiestas patrias francesas. 84 personas murieron, otras 202 resultaron heridas, 52 de gravedad.

Cuatro días después, se produjo un tiroteo en un McDonalds situado en el centro comercial Olympia de Múnich, Alemania. El ataque, en el que fueron asesinadas nueve personas, entre las que se encontraban cinco menores, fue perpetrado por un alemán de 18 años de origen iraní, quien se suicidó.

Los ataques terroristas han obligado a Europa a modificar sus leyes sobre seguridad y significan un reto para los principios mismos de la unión en cuanto a la movilidad de sus ciudadanos, sobre todo cuando se trata de europeos de origen árabe, africano o asiático. Situación que se ha complejizado con el enorme flujo de migrantes que cruzan a diario el Mediterráneo.

 

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