Juan Pablo Crespo
La xenofobia y el racismo son parte de los males que a pasos agigantados se abren camino en el mundo de hoy. Ambos cortan, limitan o restringen los derechos de otros por el solo hecho de hablar distinto o provenir de otras latitudes, muchas veces con violencia de por medio, sobre todo en el llamado “primer mundo”.
Lo peor es que el horizonte luce complicado porque el combustible se encuentra a la vuelta de la esquina del discurso político. Posiciones nacionalista encendidas han detonado y alimentado una intransigencia exacerbada que lejos de agarrar mínimo parece fortalecerse y rendir sus frutos. Allí están los casos de Donald Trump en Estados Unidos o el de la ultraderechista francesa Marine Le Pen, fuerte candidata para ganar las elecciones de su país en 2017.
Pero el caso más emblemático está en el Reino Unido, donde el tema de la xenofobia arde después que en junio pasado sus ciudadanos decidieran en un referéndum salirse de la Unión Europea. La priorización que hace el llamado Brexit hacia los asuntos internos despertó un demonio en parte de la población que ahora ve con malos ojos al extranjero, en contraste con esa Inglaterra (parte del Reino Unido) que ha sido un vivo ejemplo de multiculturalidad y se ha beneficiado del foráneo de manera significativa.
“Yo me senté en el asiento de al lado del conductor, como siempre, en la planta baja. Mi madre me llamó por teléfono y charlamos sobre cómo nos había ido el día”. De repente el autobús se detuvo de golpe y lo que se escuchó a continuación a Cristina la dejó perpleja. Desde entonces nada ha sido igual para ella. “El conductor paró el bus y salió de la cabina para decirme chillando que si quería seguir hablando ‘en mi idioma de mierda’ me subiera a la planta de arriba”.
Así narró al eldiario.es lo que Cristina vivió poco después que los británicos votaran a favor de la salida de la Unión Europea. “Nadie dijo nada. Habría como unas doce personas, que no hablaron. Sentí mucha impotencia e indignación”. Agregó que existe “un clima de tensión desde entonces, y a mí esto no me había pasado nunca antes en los dos años que llevo viviendo aquí en Londres”. Desde aquella experiencia, Cristina ha dejado de hablar español por la calle.
Hace unas semanas atrás un informe del ministerio del Interior confirmó lo que ya en la calle se sentía día y noche: El número de delitos de odio se disparó un 41% en julio, en comparación con el mismo mes de 2015. En total fueron 5.468 delitos de odio registrados oficialmente.
Una encuesta de Ipsos Mori le preguntó a los británicos cuál era el problema que más le preocupaba y el resultado fue “la inmigración”, con un 42%, un porcentaje mucho mayor cuando se compara los resultados del mismo sondeo en países como Alemania o Turquía, más afectados por la ola de refugiados que llegan por la guerra en Siria que pasa de los cinco años.
“¡Esto ahora es Inglaterra, los extranjeros tienen 48 horas para salir de aquí! ¿Quién es extranjero aquí? ¿Eres español? ¿Italiano? ¿Romano?”. Estas fueron las palabras que escuchó Max Fras, un asesor polaco que trabaja en Londres, mientras hacia una cola en un supermercado, poco después de la consulta popular. En otro incidente, unos carteles fueron colocados en la escuela St. Peters de Huntingdon, tanto en inglés como en polaco: “Dejad la UE/ No más parásitos polacos”. Adicionalmente, vecinos de la misma nacionalidad de Fras recibieron cartas amenazantes.
Otra escuela londinense (Vicente Cañada Blach), pero ligada a la comunidad española, una mañana despertó con un mural que decía . Un 85% de los alumnos de esta institución educativa es de origen español. Mientras en Glasgow (Escocia), en la población de Cyde, grupos neonazis colocaron panfletos en paredes y postes de luz con mensajes como “tolerancia cero” y “zona blanca: Acción nacional”.
Algunos expertos han señalado a la campaña a favor del Brexit por exacerbar los ánimos racistas, tal como en su momento lo manifestó el profesor de política internacional Simon Philpott, de la Universidad de Newcastle. Tanto para Philpott como para otros analistas los partidos políticos y medios de comunicación conservadores han contribuido con este ambiente xenófono británico.
En un trabajo elaborado para el Centro Internacional Barcelona para Asuntos Internacionales, Gemma Pinyol escribió que “los partidos xenófobos parecen estar marcando la agenda social y política de muchos países. Y ello, ante la aparente pasividad de los partidos ‘tradicionales’, especialmente preocupados por no perder el voto del elector dubitativo o asustado por el simplismo que acompaña buena parte del discurso referido a la crisis económica y, en especial, a los asuntos que derivados de lo primero, atañen a la inmigración”.
De acuerdo con la Asamblea General de las Naciones Unidas la xenofobia supone todo tipo de distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública.
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, condenó en su momento la violencia ligada a la xenofobia en Reino Unido. “Insto a las autoridades de Reino Unido a que actúen para parar estos actos xenófobos y que se aseguren que todo aquellos sospechosos de racismo y ataques anti-extranjeros sean procesados”.
Por lo general, la xenofobia se hace sentir más con acciones discriminatorias hostiles y deliberadas de odio hacia las personas extranjeras. “La salida del Reino Unido de la Unión Europea es un claro testimonio de la decadencia de este linaje como humanidad”, ha manifestado el escritor español Víctor Corcoba Herrero. En octubre pasado, la ministra británica de Interior, Amber Rudd, propuso revisar la contratación de extranjeros pues consideró que muchos empleos “pueden ser cubiertos por británicos”. Rudd afirmó que se necesita poner mayores límites también a la entrada de estudiantes de otros países. Luego, el portavoz laborista de Interior, Andy Burnham, tildó la idea de “racista”.
Rudd cree que los planes que maneja el Gobierno encabezado por la primera ministra Theresa May tienen como fin evitar que las personas proveniente de otros países “se queden con trabajos que los británicos deberían hacer. Este protocolo garantizará que los extranjeros vienen a rellenar huecos del mercado laboral, no a quedarse con los puestos de trabajo de los británicos”.
Así, el debate político y en la calle sobre la inmigración está más que nunca sobre la mesa en Gran Bretaña. Unos apoyan los planes de la nueva administración, otros la rechazan, por eso será que también existe un debate sobre la aplicación de un Brexit suave o fuerte.
Desde su elección, May ha defendido la decisión británica de salirse de la Unión Europea y ha buscado darle continuidad a las exigencias de quienes apoyaron este camino. “El Brexit no fue solamente un voto para cambiar la relación de Gran Bretaña con la Unión Europea, también una llamada para cambiar la manera en que nuestro país trabaja y las personas que trabajan en él para siempre”.
Igualmente ha indicado que “no vamos a ceder otra vez el control de la inmigración ni a ponernos bajo la jurisdicción de los tribunales europeos”.
Con este panorama, el tema de la xenofobia en Reino Unido, así como en otros países, parece tener mucho todavía por delante. Las autoridades deben trabajan conjuntamente para evitar y cercar estos hechos.