La investigación del FIFAGate en 2015 marcó un punto de quiebre para el fútbol mundial y abrió paso a una etapa en la que Estados Unidos pasó de ser un mercado emergente a convertirse en sede de buena parte de los grandes torneos de la FIFA y la Concacaf. Con el paso de los años, el país ha concentrado eventos de primer nivel, tanto masculinos como femeninos, y ha reforzado su papel en la organización del negocio futbolístico.

El efecto del FIFAGate

La operación impulsada por la justicia de Estados Unidos sacudió a las cúpulas del balompié internacional y dejó vacíos en la estructura dirigencial del deporte. Once años después, el balance muestra que aquel proceso no solo tuvo impacto judicial, sino que también coincidió con una reconfiguración del mapa del fútbol, en la que Estados Unidos comenzó a ganar espacio como centro político, logístico y comercial.

En ese proceso, la Federación de Fútbol de Estados Unidos (US Soccer) actuó en coordinación con la FIFA y la Conmebol para llevar al país una serie de competiciones que antes se disputaban fuera de su territorio.

La Copa América como ensayo

El primer gran paso llegó con la Copa América Centenario 2016, que por primera vez salió de Sudamérica. El torneo congregó a más de 1,5 millones de aficionados en estadios de la NFL y dejó una fuerte recaudación, además de confirmar la capacidad de convocatoria del fútbol en suelo estadounidense.

Ocho años más tarde, la Copa América 2024 volvió a desarrollarse en Estados Unidos y funcionó como una prueba de organización a gran escala. La cita sirvió para evaluar seguridad, transporte masivo e infraestructura antes de otros compromisos de mayor exigencia dentro del calendario de la FIFA.

El impulso de los torneos de 2025 y 2026

El ciclo más reciente se consolidó con la organización del Mundial de Clubes de la FIFA 2025, que estrenó el formato de 32 equipos. En ese torneo participaron clubes como el Real Madrid, el Manchester City y el Chelsea, en pleno verano estadounidense.

El evento de mayor alcance será la Copa Mundial de la FIFA 2026, que Estados Unidos compartirá con México y Canadá como coanfitriones. Aunque el torneo tendrá tres sedes, el grueso de los partidos se jugará en territorio estadounidense, incluyendo todos los encuentros a partir de los cuartos de final. Además, será la primera edición con 48 selecciones.

Una presencia extendida en Concacaf

La influencia estadounidense no se limita a las competiciones globales. En la Concacaf, Estados Unidos también concentra fases decisivas de varios torneos. Las etapas finales de la Copa Oro y de la Liga de Naciones tienen sede fija en su territorio, mientras que la Leagues Cup se ha convertido en un certamen que paraliza las ligas de Estados Unidos y México para captar al mercado hispano.

En el fútbol femenino, la organización de la primera Copa Oro Femenina de la Concacaf también reforzó esa capacidad de convocatoria y desarrollo en la región.

Un objetivo comercial de fondo

La acumulación de torneos responde a una estrategia comercial orientada a ubicar al fútbol entre los cuatro deportes más consumidos en Estados Unidos, en un escenario dominado históricamente por la NFL, la MLB y la NBA. La apuesta pasa por consolidar al balompié como parte del centro del consumo deportivo norteamericano.

Once años después del FIFAGate, el mapa del fútbol internacional muestra a Estados Unidos con un papel cada vez más determinante en la organización de los grandes eventos, tanto por su capacidad logística como por su peso en la industria del deporte.