La cara no se acaba justo en la barbilla. Esa es una de las máximas de cualquier experta en el cuidado de la piel, que no paran de hacer hincapié en que la piel del cuello es precisamente una de las más delicadas de nuestro cuerpo. El problema es que cuidamos nuestro rostro, pero no nos acordamos de extender esos mimos a esta particular zona. Como explica la esteticista Carmen Navarro: “No le prestamos atención al cuello hasta que no se hacen visibles los primeros síntomas de la edad, evitando todo tipo de cuidados preventivos”.
La piel del cuello es una de las más frágiles del cuerpo, al tener menos glándulas sebáceas (se deshidrata y seca fácilmente), tiene poco tejido adiposo (es decir, es más fina) y una menor densidad de fibras conjuntivas, por lo que es presa fácil de la flacidez. Por eso es importante dedicarle unos cuidados mínimos, antes de que los años dejen su huella. Navarro no duda en fijar una regla básica: “El cuello debe tratarse exactamente igual que el rostro. Es decir, hay que desmaquillarla, usar un tónico para equilibrar el pH, y continuar con la aplicación de una buena hidratante. Y si usamos una mascarilla en el rostro, debemos extenderla también por cuello y escote”. Es decir: recordemos que la cara no acaba en la mandíbula, al menos desde el punto de vista de los cuidados estéticos.
Como sucede en el contorno de los ojos, la delicada y finísima piel del cuello muestra el paso del tiempo con una precocidad poco bienvenida. Por eso, a menudo hace falta mimarla con cremas reafirmantes o de efecto lifting incluso antes de los treinta años, para evitar que los males vayan a mayores.
