Experiencia Panorama

Challenger, el peor recuerdo de la Nasa

Sin duda la explosión del transbordador Challenger a 73 segundos de su despegue no ha sido el único error de la Nasa, pero sí el mayor. Las razones pueden puntualizarse fácilmente: desoír las alertas,  descartar parámetros de seguridad,  elegir  tripulantes no profesionales. Y esta última es la principal razón por la que a treinta años del suceso la gente  recuerda el hecho como si fuera hoy.   

Corría el 28 de enero de 1986 y el mundo se preparaba para ver como una maestra, que podía ser cualquier maestra, partía dentro de un aparato hacia el espacio. A diferencia de los cohetes, este dispositivo de 2000 toneladas de peso era considerado el más ordinario de los aparatos creados por la agencia, cuya sigla deriva de Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio.  

Eran reutilizables, no podían subir más de 643 kilómetros, y  tenían una sencilla tarea impuesta: colocar o sacar satélites de la órbita terrestre.   

La página oficial de Nasa cuenta que únicamente fueron construidos seis transbordadores con miras a que cada uno realizara alrededor  de cien misiones. Participar en una, era el sueño hecho realidad de muchos mortales.  Enfundar  un espectacular traje de astronauta y viajar hacia la nada a gran velocidad con toda la atención que eso supone. Y la agencia lo hizo realidad.  

Con 37 años, Sharon Christa McAuliffe se convirtió en la primera civil en enfrentar  el reto, escogida entre   más de 10.000 aspirantes. Su idea era “desmitificar  a la organización y  los vuelos espaciales”, según sus propias palabras.

La elección de gente común para este viaje en particular no se dio por capricho. La organización quiso llamar la atención de los medios hacia el programa a fin de evidenciar lo seguro que era, y fue así como la educadora Christa,  a un especialista en carga útil de nombre Gregory Jarvis,  a un miembro de la aviación norteamericana de nombre Dick Scobee,   a un piloto de navío llamado Michael Smith, a   la ingeniera Judy Resnik, a el ingeniero de origen hawaiano Ellison Onizuka y  al físico Ronald Mc Nair, primer afroamericano en el espacio. 

A las seis de la mañana del nefasto día, una decena de niños se apresuró a vestirse. Eran los alumnos de la Concord High School de Massachusetts a los que Mc Auliffe daba clases, quienes verían el lanzamiento desde una sala VIP ubicada a unos cinco kilómetros de la plataforma. El mismo espacio donde estarían los padres de la docente,  su marido Steven, sus hijos de nueve y seis años, y los familiares y amigos del resto de la tripulación.

El evento se presentaba más sorprendente de lo que en realidad era, pues estos transbordadores  hacían su trabajo de forma rutinaria. De hecho, el propio Challenger había salido al espacio en nueve oportunidades, aunque esta vez lo haría con el aderezo de las ‘relaciones públicas’.

Los medios concuerdan en que aquel martes  en particular hacía demasiado frío, por lo que los conocedores del tema pensaron que el despegue sería aplazado por tercera vez.

Tras una reunión de última hora, los tripulantes recibieron la orden de colocarse los trajes. A las 9:00 de la mañana comenzaron a prepararse. 

¿Qué fue lo que sucedió? Es lo que la gente tiene menos claro. Sin embargo,  la agencia lo desentrañó.   Una de las gomas que sellaba las juntas de los propulsores, que en condiciones normales se dilataba y contraía, no lo hizo debido a las bajas temperaturas del día de lanzamiento. La consecuencia fue el escape de gases calientes que quemaron rápidamente el depósito externo de combustible así como una de las piezas que lo conectaban con el propulsor.  

A la falla física se unió, según investigación de la Nasa, “la falta de sistemas de verificación, subestimación de los ingenieros acerca de la posibilidad de accidente, falta de un sistema de emergencia para abortar el despegue cuando  ocurren anomalías”.

Morton Thiokol, la corporación experta que fabricó partes del impulsor, aportó un equipo de ingenieros que alertó el problema en las juntas aunque por otras causas. “Las juntas fallaron principalmente por sobre compresión repetida… esta anomalía fue advertida pero la presión de la Nasa hizo que autorizaran el despegue”.  Y la tragedia llegó.  

La forma más exacta de recordar lo que pasó y cómo el  mundo lo vivió, es a través del video casero que salió a la luz en el 2012, difundido por Steven Virostek  en The Huffington Post.  Steven al igual que su esposa amaba este tipo de actividad, por lo que mudaron a Florida únicamente para ver los lanzamientos, de los cuales no se perdían ni uno.

Aquella mañana,  lanzaban vítores a la docente por su proyecto El Maestro en el espacio. “¡Vamos Christa, vamos…!”, alternaba la esposa de Steven, con expresiones acerca de lo hermoso que se veía el aparato en el aire. Exactamente a los 40 segundos del despegue, ambos entendieron que algo andaba mal, no así el resto de los presentes.

Los familiares y allegados miraban el humo como parte  normal de un lanzamiento, al punto que no se conmovieron por la aparente explosión sino hasta que Steve Nesbitt,  voz oficial de la Nasa, comenzó a emitir extrañas frases. “Control de vuelo está aquí observando con mucho cuidado la situación…obviamente ha habido…  un gran desperfecto”.

Las mismas cámaras de televisión, confundidas, mostraban alternadamente la cara de los familiares y el humo en el cielo. A los 73 segundos de vuelo el transbordador estaba totalmente envuelto en llamas y dada su velocidad incontrolable, se desintegró, excepto la cabina donde estaban los siete tripulantes. Esa pieza tardó tres minutos adicionales en caer al océano donde finalmente se destruyó. 

La comisión investigadora determinó posteriormente como ‘poco probable’ que alguna de las víctimas tuviese conciencia al momento de impactar en el mar, sin embargo era lógico  tratar de minimizar el dolor de los familiares.

Lo realmente cierto es que  al menos cuatro tripulantes activaron sus sistemas para tomar oxígeno e intentaron socorrerse mutuamente.  

Muchos se preguntaron entonces, y aún hoy, por qué no hubo sobrevivientes si esta cápsula se desprendió. La razón es que cayeron desde los 15.240 metros de altura a 400 km por hora, con los agravantes reconocidos posteriormente: los ‘astronautas’ no tenían paracaídas ni equipo de eyección, tampoco el entrenamiento como para sortear este hecho, lo que disparó las críticas contra la agencia. Los trajes  tradicionales así como los asientos eyectables del comandante y el piloto fueron desechados en vista de que la misión se consideraba suficientemente segura.  

Localizar los restos de la tripulación le llevó a la organización más de un mes. El 7 de marzo hallaron la cabima destruida y un apéndice extra vehicular con los restos de los astronautas, sin embargo, los resultados de las autopsias jamás fueron revelados.  

Según Nasa, el Challenger se desintegró a las 11:38 de la mañana “con una estimación de accidentes catastrófico durante el lanzamiento, en  proporción de 1 posibilidad sobre  438”. 

Aparte de la incalculable pérdida humana,   esa misión agotó la credibilidad de la NASA y, según el profesor Alex Roland, unos 20.000 dólares por libra de peso que llevaba el transbordador, por lo que se le consideró el peor accidente espacial registrado hasta hoy.

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