La noticia del Nobel de Literatura para su mentor, Bob Dylan, enmarca de manera estratégica el lanzamiento del libro Born to run (Nacido para correr), un compendio de hechos, anécdotas y relatos acerca de la compleja vida de Bruce Springteen (Nueva Jersey, 23-09-1949), una estrella de la música contemporánea quien hace honor a su apodo, “El Jefe”, cada vez que increpa desde los escenarios un tema político. Él mismo admite la poderosa influencia que sobre su arte ha ejercido su compatriota Dylan, al punto de referirlo como su “ídolo e inspiración”.
Pero Springsteen también guarda lo suyo, una trayectoria de cuatro décadas en las que ha tenido que lidiar con sus relámpagos y sus propias tinieblas. Buena parte de todo ese lapso lo ha desgastado en una cruenta lucha contra el mal de su tiempo, la depresión, enfermedad que lo ha instalado decenas de veces en divanes y consultorios, sin mayor éxito que lo alcanzado con una terapia auténtica resultado de la asunción de sus mismos rasgos: humor irreverente, cáustico, con esa tendencia “dylaniana” .
Se sabe gurú de sus fans y, en consecuencia, expande sus retos. Alguna vez, Springteen confesó ante algún periodista su perplejidad al leer “Carta al padre”, del escritor checo Franz Kafka, donde obtuvo ciertas claves que le permitieron avizorar mejor las consecuencias de la terrible relación de amor y odio con su padre, Douglas Frederick Springteen, chofer de autobús de origen europeo, unido con Adele Ann Zirilli, una secretaria de ascendencia italiana. Ambos tendrán mucho que ver con esa naturaleza contrastante del artista que ellos bautizaron como Bruce Frederick Joseph. “Fue una relación muy complicada y tormentosa que me ha perseguido toda la vida”. La risa entona muchos de los discursos públicos del autor de “Nacido en USA”, una canción emblemática de la cultura norteamericana de finales del siglo XX. Cuando presentó su libro destapó esa lata de cerveza que pareciese anidar siempre en su garganta y, en el auditorio, mientras leía, su mente acompañó la visualización de los créditos iniciales de aquella serie de TV, “Los Soprano”, ambientada en esos parajes de Nueva Jersey, donde transcurrió su infancia. Ríe y suspira el Bruce, cuando narra cuando su madre le pedía que fuese hasta el bar y solicitar a su padre que retornara a casa. Ese niño de siete que entonces (cuenta ante las cámaras) sufre las felonías y abusos de un hombre jodido por el alcohol, la depresión, el desamor y el desarraigo.
Ese “personaje de (Charles) Bukowski)”, revela, mientras el compás admite una escala de valores subvertida que trastocará para siempre el sentido de percepción de la vida por parte del intérprete, el hombre que se cuenta a sí mismo con una cierta amargura que para nada refleja el eventual envanecimiento que causaría a un ser humano el haber tenido tan atronador éxito profesional: 64,5 millones de álbumes en los Estados Unidos y más de 120 millones a nivel mundial, y un total de diez discos números uno, además de un Premio Oscar (por “Las calles de Filadelfia”, de 1993) , 21 premios Grammy, dos Globos de Oro, , un premio Bfca, un Brit y un Premio Juno. Depresión, sí, es el fantasma que atormenta a un ídolo de la música rock, sobre quien el poeta David Acosta Cepeda, comenta: “Fue un joven solitario, su madre una mujer humilde y sencilla en un gesto de amor le regalo un amigo, le compro una guitarra, con esa guitarra cautivo los corazones de toda una generación cantando sobre la vida de la clase trabajadora sus sentimientos y sus sueños”. Como se lee, en su canción Danzando en la oscuridad: “Me levanto por la tarde /y no tengo nada que decir. / Vuelvo a casa por la mañana, / me meto en la cama / sintiéndome igual. / Sólo estoy cansado, / cansado y aburrido de mí mismo”. No parece tan deprimido el Bruce más reciente, quien toma la palabra en una gala benéfica con humoristas clásicos de su país y hace reír al auditorio a carcajada viva, contando un chistecito. Con “Born to run” en la mano izquierda Bruce sorbe otro trago y le cuenta a los periodistas congregados en Londres para el lanzamiento ad hoc, y entonces le cuenta, a Mariana Saúl, de El Clarín, un asunto mucho más serio: “Bueno, en primer lugar, no hay nadie aplaudiendo cuando terminas de escribir un libro. Yo lo escribí a lo largo de siete años, y después pasó un tiempo hasta que salió publicado. Para mí es un poco como hacer todo el proceso de escritura y saltearse el recital. Puedes ver cómo reacciona la gente pero no lo tocas en vivo, lo cual es raro porque para mí ese es el clímax, cuando finalmente salgo al escenario y toco lo que escribí antes. Esa parte un poco la extraño”.