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«Los intelectuales decían que yo escribía disparates»: César Chirinos

Para encontrar a César Chirinos en Maracaibo bastaba con ir a la plaza Bolívar, a los callejones del casco central y a la Biblioteca Pública, siempre con su andar manso y “cerquita” del mitológico Lago que puebla su narrativa densa, esa que nadie sospecha que posee cuando lo ven en la plaza, y que le ha valido muchos premios, entre ellos, ser el homenajeado de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven 2014).

Ahora entre cientos de libros que alberga la feria en el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez, camina a tropiezos de quienes le piden que les autografía un libro o se tome una foto con ellos.

“Muchos me han preguntado por qué no muestro emoción con este homenaje de la Filven. Y yo creo que no tengo la edad para sentir emociones. En el 2015 cumplo 80 años. La literatura me ha dado mucha satisfacciones con premios. Prefiero tomarlo con humor, porque eso relaja y permite asimilar luego las cosas, tanto las amargas, como las dulces”, refiere el escritor que en su rostro moreno y lampiño lleva los rasgos afrodescendientes de su madre y las huellas judías de su padre.

“Encriptada, intrincada, polémica y desafiante”, son las palabra que el Centro Nacional de Libro, Cenal, emplea para definir la prosa de Chirinos, pero tal hermetismo deviene de una amalgama armoniosa entre el habla coloquial enriquecida por la vida del puerto de Maracaibo, donde trabajó por muchos años como oficinista. Más el habla culta que adquirió de su disciplinado oficio lector, que comienza todos los días a las 4:00 de la mañana.

“Muchos intelectuales me decían que yo escribía disparates. Muchos que hoy son profesores de la Universidad. Pero resulta que disparate y absurdo, en el ‘mataburro’ o diccionario, significan fuera de razón. El absurdo es una corriente literaria por la que Samuel Beckett ganó el premio Nobel (1969) por ser absurdo, al igual que Eugene Ionesco”.

El autor de Diccionario de los hijos de papá (1977), Buchiplumas (1975) y El quiriminduña de los ñereñeres (1980), aprendió a leer a los 11 años, e iba a la escuela y al liceo a empujones, porque prefería escribir todo los que veía. Por eso cree mucho más en la intuición que en la erudicción.

“Hasta el mismo intelectual se confunde en el aula universitaria. Porque se atiende más a la forma antes que el fondo. Yo llevo 60 años dedicado a la prosa a partir de mi intuición, no de mi ilustración. La intuición, así uno no lo quiera va directo al fondo de las cosas y supera las formas, que es lo intelectual, el acomodo —metaforiza el escritor—. En cambio. el fondo de las cosas no tiene acomodo, es una cebolla de una sola capa”.

Consciente que la densidad de sus textos hace que tenga pocos lectores asegura que aspira que sus libros dejen reflexión, pero también gozo. Por ello apela siempre al chiste, y cuenta como anécdota: “En mis obras de teatro la gente dice ‘me reí mucho, pero no entendí nada”.

“La dirección que yo he tomado desde pequeño es el humor. Y hoy atiendo al chileno Alejandro Jodorowsky que tiene un libro que se llama La sabiduría del chiste, una sabiduría que no se encuentra en ninguna aula de clase y que se debería aprovechar”, determina el escritor cuyo proceso de formación es ajeno a la academia, pero impregnado de agua de mar: “Yo me conozco los cuatro puertos del Caribe: el de Cartagena, Maracaibo, La Habana y Veracruz (…) Me impresionó la mitología del agua ”.

Y tal fue su impresión que nunca quiso irse a Caracas para desarrollar su escritura. Ahora recorre Venezuela con la décima edición de la Filven, pero sabe que arribará a puerto seguro, para seguir bañando su ingenio en las fulgurancias del Lago de Maracaibo. 

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