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Humberto Suazo enseña a ver a través del judo

Acaba de terminar la clase de judo. El grupo de personas, integrados por niños, jóvenes y adultos, ya se ha marchado para retomar sus otras responsabilidades. El sensei Humberto Suazo es esperado por su esposa, también atleta de primer orden. Él ya tiene 45 años formando a jóvenes “integrales para la vida”, en distintos escenarios.   En la actualidad dicta sus normas desde el Parque Naciones Unidas, donde enseña valores y disciplina a jóvenes de sectores populares, algunos con problemas de conductas, y otros con deficiencias visuales, su mayor apuesta como docente y padre.   Desde hace 15 años le tiende una mano a personas discapacitadas, en un empeño porque no sean marginados ni se sientan desvalidos, porque apuesten a futuro. En su hija, Naomi Suazo, medallista paralímpica, tiene su mayor impulso.

 Desde el 2000 decidió cambiar de “rama”, dejar el entrenamiento de personas “convencionales a excepcionales”. Desde entonces, se enfocó en jóvenes con problemas visuales para llevarlos a lo alto de los sueños deportivos, en este caso, los juegos paralímpicos, sin dejar de lado a sus pupilos de las escuelas de talento, cuyo principal propósito es orientar a aquellos muchachos malas conductas hacia mejores derroteros.

Conoce en carne propia las ventajas del deporte, las propiedades curativas que tiene en la juventud rebelde. A los 10 años fue invitado por un vecino, de Prados de María, a la Universidad Central de Venezuela, donde se practicaba el judo. Recuerda que llegó sin ninguna expectativa a las clases en el centro educativo. Portaba un simple short, casi que acudió para complacer al vecino, al final se quedó, hasta el día de hoy. De un grupo de 20 muchachos, él fue el único que permaneció cómplice con la disciplina. Ya hoy suma 45 años de formación.    “Yo era un muchacho rebelde, era un muchacho de pelea y este deporte me ayudó a canalizar la agresividad. Es bueno para esos muchachos agresivos, intranquilos, porque siempre va a haber alguien mejor que tú y esto te permite medirte”, explica con absoluta convicción el licenciado de educación física, egresado del Pedagógico de Caracas.

 En su carrera profesional siempre ha representado al Distrito Capital, desde que comenzó a participar en los campeonatos juveniles, luego en los Juegos Panamericanos. A los 13 años, ya portaba su cinta negra.    En tan solo 15 años como entrenador de personas con discapacidades visuales ya disfruta de tres medallas y dos diplomas en el área paralímpica, logro que evidencia —a su parecer— la calidad de los jóvenes atletas venezolanos y sus ansias de victorias.

Humberto Suazo enseña a ver a través del judo  

Entre los triunfos cosechados está uno muy cercano, que le llena de orgullo, el de su hija Naomi Suazo, quien con 19 años logró una hazaña histórica en la cita de Pekín 2008. La joven se alzó como la primera medallista paralímpica de oro del país. Lo mejor, vino segundos después, el gran abrazo con su padre, quien también es su entrenador.

 Los recuerdos aún le traicionan la serenidad que exhibe en el tatami. Sus ojos se llenan de lágrimas, de orgullo, demuestran la satisfacción de un recorrido que no ha sido fácil, pero sí muy placentero. En este trayecto son muchos los frutos colectados, entre ellos el que su hija, diagnosticada con retinosis pigmentaria —enfermedad ocular crónica, de origen genético y carácter degenerativo—, jamás se haya sentido menos, ni limitada por su deficiencia visual.

“Como padre siento que hice un trabajo, me siento feliz de ser capaz de transmitir mis conocimientos. Como docente, qué mejor satisfacción que una medalla. Gracias a Dios en el caso de mi hija se pueden fundir las dos cosas. Es difícil la relación padre e hijo cuando uno es el entrenador, pero es bien bonita cuando hay una buena comunicación. Se les inculca el hambre de triunfos, de esfuerzos, a través de la dedicación”, dice con evidente orgullo.    Naomi fue la causa del cambio de rumbo deportivo que dio Humberto Suazo hace 15 años. La hija menor del sensei aprendió a caminar sobre el tatami, desde niña practicó esta disciplina deportiva, que hoy le ha dado las herramientas para desempeñarse en la vida, sin temor a los retos.

Con este bastión, que significa su hija, Suazo hoy brinda seguridad, tranquilidad y confianza a personas que —por una u otra causa— han tenido que hacer frente a la vida con alguna deficiencia visual. Niños y adultos dejan su bastón al entrar al salón para unirse con sus otros compañeros como iguales, seguros de recibir un trato digno.   El entrenador asegura que sus alumnos son personas normales, que tuvieron algún accidente o padecen alguna enfermedad, pero no por ello dejan de ser útiles a la sociedad y a su familia. Para ellos se creó el Club de Judo Naomi Suazo, un espacio donde los alumnos convencionales trabajan con los excepcionales, en busca de su crecimiento personal.

“Aquí se busca que tengan un espacio, que se sientan útiles y representen a su país. Entiendan que la discapacidad no es una enfermedad y que no tienen motivos para aislarse. Trabajan con las personas convencionales, los trato igualito. La única diferencia es que unos pueden ver y otros tienen deficiencias visuales, que en algunos casos implica una ventaja sobre sus compañeros”, afirma el profesor.   En el grupo hay padres e hijos que trabajan juntos de las manos. Entre las alumnas destaca una mujer que perdió la vista por la violencia doméstica, hoy su hijo es su bastón de apoyo. “Antes se sentía aislada, hoy tiene una oportunidad de crecer, soñar, de hacerse una vida. Incluso, se prepara para representar al país en los próximos juegos Panamericanos a realizarse en Toronto (Canadá)”.

 Como experto en la materia, Suazo defiende la capacidad que tiene el jugo para aportar vitalidad y seguridad a las personas con ciertas deficiencias. Explica que el judo se ajusta a la perfección a las personas que presentan ciertos problemas visuales, ya que es de mucho contacto, no es necesario ver al oponente. Incluso, en ocasiones, debe vendarles los ojos a los alumnos convencionales para que aprecien, en mayor grado, ciertas técnicas.   “El judo es un deporte de contacto, no necesitas ver, sino sentir hacia dónde van los movimientos y conocer tu cuerpo, cuando conoces tu cuerpo no necesitas ver. Incluso, en esta práctica, los convencionales necesitan desarrollar el instinto que tienen aquellos que no pueden ver. Ellos te escuchan, saben quién eres y hasta cómo hueles”, explica el profesor.

 En 15 años de formación, Suazo asegura vivir una experiencia gratificante, ya que la oportunidad que él recibió de 18 años ahora se las da a otras personas. “Tengo estabilidad, tengo dos hijas, un nieto, un núcleo familiar estable, y eso es lo que uno trata de brindar. Tienes que soñar en grande, ser campeón, esforzarte, ser integral”.

Tres veces a la semana se reúnen cerca de 40 alumnos, entre ellos 11 con deficiencias, para enfrentar sus temores y sacar adelante lo mejor de sí. La condición física pasa por completo a un segundo plano, desapercibida. Lo importante es compartir y sentirte útil. Tener deseos de ganar, de triunfar, de sobresalir, en forma positiva. Hasta los momentos ocho adultos y tres niños excepcionales dejan de lado su bastón guía, para aferrarse a la seguridad que les proporciona el judo.

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