Los fuegos artificiales no terminan cuando se apagan las luces. Tres investigaciones publicadas en revistas científicas describen que sus residuos siguen modificando el agua, la atmósfera y el aire que respiran miles de personas después del espectáculo.

Residuos que llegan al agua y alteran su química

Una de las investigaciones, publicada en Environmental Science and Technology, reconstruye el recorrido de los restos que alcanzan ríos y lagos tras las exhibiciones pirotécnicas.

Los científicos comprobaron que esos residuos liberan iones como potasio y manganeso, además de diversas moléculas orgánicas. Parte de ese material también modifica la materia orgánica disuelta ya presente en el agua, con efectos que dependen de las características iniciales del entorno acuático.

Los autores no plantean que cada castillo de fuegos artificiales genere un daño ecológico inmediato, pero sí advierten que estas variaciones podrían influir sobre la actividad microbiana y sobre procesos biogeoquímicos.

La atmósfera sigue cambiando después de las detonaciones

Otra publicación, en Environmental Science and Technology Letters, identificó aminas, una familia de compuestos nitrogenados que apenas se había vinculado con la pirotecnia.

Para rastrear su origen, los investigadores aprovecharon las celebraciones del Año Nuevo Lunar en una zona suburbana de China donde la quema de biomasa estaba prohibida, mientras que los fuegos artificiales seguían permitidos. Las mediciones detectaron aumentos marcados de aminas en fase gaseosa y adheridas a partículas en suspensión.

El trabajo también confirma que los fuegos artificiales representan una fuente hasta ahora desconocida de esas sustancias y amplía el mapa de las reacciones que permanecen activas tras el último lanzamiento.

En grandes eventos, la contaminación no viene de una sola actividad

La tercera investigación, publicada en ACS ES&T Air, midió la calidad del aire durante los Juegos de la Commonwealth celebrados en Birmingham en 2022.

Los sensores registraron fuertes aumentos de partículas finas alrededor de las ceremonias y de las pruebas deportivas. En algunos momentos, las concentraciones llegaron a ser unas diez veces superiores a las de estaciones urbanas cercanas.

El análisis posterior corrigió la primera lectura: alrededor del 71 por ciento de la masa de PM₂.₅ se atribuyó a la preparación de alimentos en los puestos instalados para atender a los asistentes, aunque también se detectaron marcadores propios de la pirotecnia, como potasio, bario e hierro.

La conclusión de conjunto es que los fuegos artificiales sí dejan una huella contaminante, pero no actúan solos. En festivales, conciertos o celebraciones multitudinarias, el aire y el agua quedan marcados por varias fuentes a la vez.

El estudio publicado en ScienceDaily resume esa idea: entender mejor esa mezcla de emisiones permite saber con más precisión qué inhalan quienes asisten a estos eventos y qué efectos persisten después del espectáculo.