La ropa que hoy domina la calle suele esconder una historia más antigua de lo que parece. Camisas hawaianas, cazadoras bomber o biquinis no nacieron en el contexto en que se usan ahora, sino en escenarios muy distintos que explican su forma, su función y hasta su nombre.
Así lo repasa Ana Velasco Molpeceres, autora de Historiones de la moda, quien sostiene que la indumentaria actual está hecha de capas de tiempo, costumbre y adaptación. Su lectura de la moda parte de una idea sencilla: casi todo está inventado y la verdadera novedad vendrá por los materiales.
Prendas con una genealogía mucho más antigua
Velasco recuerda que el biquini suele situarse en 1946, pero su mirada se remonta a la diosa madre de Çatalhöyük, datada hacia el 5.600 a. C., y a los mosaicos de la Villa del Casale en Sicilia, del siglo IV d. C., donde aparecen mujeres con prendas similares.
También explica que las camisas hawaianas surgieron ligadas a la incorporación de la isla como estado de Estados Unidos en 1959 y a su despegue turístico. Su patrón holgado respondió al calor, mientras que sus primeros diseños incorporaban influencias de la comunidad asiática inmigrante y estampados con flores de cerezo, grullas o montes nevados.
En el caso de las cazadoras bomber, su origen está en el ámbito militar: nacieron para dar comodidad a los pilotos durante la Primera Guerra Mundial, ante la incomodidad de los abrigos largos.
El mono, por su parte, apareció en la Europa de entreguerras para evitar que los ciudadanos salieran en pijama durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, los deportistas lo adoptaron en una versión ajustada para esquiar sin pasar frío.
Los tejidos mandan sobre la forma de vestir
La autora insiste en que la evolución de la moda no depende solo del diseño, sino de lo que permiten los materiales. Antes de la revolución industrial, la ropa se heredaba, pasaba de señores a criados y figuraba incluso en los testamentos, con atención especial a la ropa de cama, las mantelerías y las cortinas.
En ese mundo, cuero, lino, algodón o terciopelo tenían un valor altísimo. Hoy, en cambio, su abaratamiento y masificación han cambiado por completo esa percepción.
Velasco también sitúa el chaleco en el siglo XVII, cuando Carlos II de Inglaterra buscó apartarse de la influencia francesa y de los textiles lujosos importados, impulsando una prenda de abrigo inspirada en caftanes y jubones vistos en Persia.
El plumífero apareció tras la Segunda Guerra Mundial con la idea de acolchar los tejidos con poliestireno para resistir mejor la lluvia y el frío. Para la investigadora, ese es el verdadero hilo conductor de la moda: los tejidos condicionan la prenda antes que la apariencia.
“Con el tiempo surgirán tejidos que calienten más vinculados a la tecnología y la sostenibilidad”, afirma Velasco, convencida de que la innovación material seguirá definiendo cómo nos vestimos.




