Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos impulsó en Maine un ambicioso experimento con más de 500 perros para intentar demostrar si la inteligencia y el temperamento podían concentrarse por cría selectiva. La iniciativa, financiada por la Fundación Rockefeller, costó 632.000 dólares de la época y se extendió durante 13 años.
La búsqueda del perro perfecto
El proyecto, conocido como la School for Dogs, reunió a los investigadores John Paul Scott y John Fuller. Trabajaron con cinco razas: cocker spaniel, beagle, pastor de Shetland, basenji y fox terrier de pelo duro, observando a los cachorros desde el nacimiento.
Registraban su primer sobresalto, sus juegos, el momento en que empezaban a comer sólidos o a mover la cola y, desde las cinco semanas, los sometían a pruebas de inteligencia, aprendizaje, dominancia, personalidad y capacidad de entrenamiento. La meta era averiguar si una combinación genética podía producir un animal superior.
Lo que revelaron las pruebas
Los resultados no ofrecieron una raza vencedora. Algunas destacaban en ejercicios concretos y otras en tareas distintas, pero ninguna reunía todas las cualidades buscadas. Los investigadores terminaron concluyendo que ninguna raza podía considerarse globalmente más inteligente que las demás.



