En octubre de 1977, un bloque de hielo milenario viajó desde Alaska hasta una universidad situada en el interior de Estados Unidos. La operación requirió el despliegue de buzos, un helicóptero, un avión y un camión refrigerado para trasladar una mole de aproximadamente 1,1 toneladas —aunque algunas crónicas elevaron la cifra hasta las dos toneladas— hasta la pequeña ciudad de Ames, en el estado de Iowa. El propósito detrás de esta compleja logística era demostrar que la humanidad podía resolver sus problemas de escasez hídrica remolcando gigantescos bloques desde la Antártida hasta los desiertos de Oriente Próximo.
Claves
- —El príncipe Mohammed Al-Faisal financió la iniciativa para buscar alternativas al abastecimiento de agua en Arabia Saudí.
- —La Conferencia Internacional sobre la Utilización de Icebergs reunió a científicos de 18 países en Iowa.
- —El plan original estimaba un coste cercano a los 100 millones de dólares para un viaje de ocho meses.
La ambición de llevar la Antártida al desierto

El proyecto estuvo impulsado por el príncipe Mohammed Al-Faisal, miembro de la familia real saudí y vinculado al desarrollo de infraestructuras de desalinización. Ante la creciente presión demográfica y el elevado coste energético de convertir el agua del mar, el dirigente comenzó a explorar alternativas basadas en la premisa de que los bloques de agua dulce que se desprendían de los glaciares podían convertirse en reservas de abastecimiento extraordinarias.
A través de su empresa Iceberg Transport International, la propuesta contemplaba seleccionar un iceberg antártico de unos 100 millones de toneladas, envolverlo con materiales aislantes y remolcarlo a lo largo de miles de kilómetros. Los cálculos presentados estimaban que la travesía duraría unos ocho meses. El príncipe llegó a anunciar su expectativa de disponer de una masa de hielo frente a las costas saudíes en un plazo de tres a cinco años.
Un final doméstico para una gran ingeniería
A pesar de reunir a cerca de 200 expertos en la materia, la viabilidad técnica suscitó profundas dudas. Los especialistas advirtieron que al cruzar el ecuador las corrientes cálidas disolverían la carga hasta dejar únicamente los cables de arrastre. Mientras los científicos debatían en las salas de conferencias, el bloque de hielo traído desde Alaska sufrió un destino estrictamente recreativo: fue fragmentado y repartido entre los asistentes para enfriar bebidas y ponches, mientras otros ciudadanos acudieron con cubos y picahielos para llevarse una porción a sus casas.




