AFP
«¡Dora, por aquí! ¡Dora allá!», son las órdenes que las oscuras noches de otoño Giovanni Sacchetto da a su perra en busca de la trufa blanca de Alba, en el Piamonte italiano, un manjar que vale oro.
«No es un trabajo, es una pasión, como una enfermedad. Me puedo ir a dormir a las once de la noche y a las tres de la mañana me despierto para salir. No lo hago por dinero. Lo hago por mí», contó Giovanni. «Es hermoso porque es todo un misterio. Nunca se sabe dónde están. Nunca», insiste, fascinado por este hongo subterráneo que vive asociado a las raíces de algunos árboles. A su lado, entre la neblina, Dora, una perra de nueve años de una raza conocida por su increíble olfato, resulta una compañera fiel.
Como si fuera un juego, la perra, que ha sido entrenada para identificar el olor particular de la trufa, marca el lugar donde se encuentra enterrada, en general a unos 30 centímetros de profundidad y mueve entusiasmada la cola. La recompensa está lista: una galleta o un pedazo de pan duro. Giovanni comenzó a los 14 años a cazar trufas con su abuelo, primero para ganar dinero debido a que «en el campo no había nada» y, más adelante, por pasión. Hace 50 años que busco trufas, conozco todas las plantas, todos los caminos», confesó el «trufero», sin llegar a revelar los «lugares secretos» donde se desarrolla el llamado «tartufo bianco». «Antes había muchas más trufas», pero han cortado plantas y árboles, y la contaminación también ha afectado el terreno. Por ello se lanzó una campaña para obtener fondos para salvar ese ecosistema único. «Está abandonado», denunció el presidente del Centro Nacional para el Estudio de las Trufas, Antonio Degiacomi, quien teme que otras plantas y enredaderas afecten la producción de trufas.