La Calle Carabobo es un garito. Lo que ayer fue el lugar preferido por los más grandes cultores de la región, hoy es donde comienza y termina la fiesta, donde el hedonismo se hace cargo y el público se deja llevar por el ruido ensordecedor y el vaho de trashumantes que deambulan sin rumbo desde la calle Colón o de las adyacencias. Es un lugar cercado por la noche, azufrado y vulnerable; discotecas, bares, botiquines, prostíbulos, todo un compendio donde la cultura se ha mitigado o llevado a su más gris expresión.
“La Calle Carabobo es como el vagón de un tren. Uno entra a cierta hora en un estado y después sale de ahí, a otra hora”.
Todo se bifurcó, sin embargo, hay quienes defienden esta calle y no la remota, la antiquísima, la que solía visitar Lossada con sus libros debajo del brazo, la de Iván Trejo y su Corazón de Durazno, con su dramática guitarra desvencijada y atrofiada por tantas noches a pie, de intemperie. Todo ha cambiado, la modernidad o eso que llaman progreso ha sido el detrimento desde el primer porrazo a El Saladillo. Una luz aparece desde el fondo y ya en El Enlosao, no tocan La Grey, las paredes de El Zajuan encierran los aturdentes gritos de Mónica Naranjo y la estridencia de Mika.
Tahúres, truhanes, escritores, periodistas, pintores, poetas, timadores, bailarines, titiriteros, luthieres, actores, turistas, los izquierdos, los derechos, todos, desde el miércoles en la noche determinan este destino como una salida, las mujeres más bellas de la ciudad, los hombres con las mejores fragancias hacen la cola para hundirse en la parodia de la noche, en placeres etílicos, humos alucinantes, tragos amargos y ojos colorados. La fragilidad de la carne se ve reflejada en cuerpos que bailan en el desvarío y el placer que espera a la vuelta en una cama de un legendario hotel de escaleras ancestrales.
Así son las noches de Maracaibo, con la Calle Carabobo como primera opción. Eugenio Rivas, destacado artista plástico y poeta, tiene una teoría muy apegada de lo que significa esta calle, desde que se vino de Valera en los años 70, es un asiduo visitante, un día en una de las mesas del más popular bar del sitio, aseguró que: “La Calle Carabobo es como el vagón de un tren. Uno entra a cierta hora en un estado y después sale de ahí, a otra hora”. Asimismo recuerda sus primeras incursiones por la desolada calle en los 80, “el bar es el mismo, lo que ha cambiado un poco es la manera y forma de toparnos en la esquina de la Colón con la Carabobo, la muchedumbre es otra, hay otra euforia colectiva en el ambiente. Vivimos más y dormimos menos”, afirma.
Los contrastes son fuertes y distantes, mientras en un lugar se sirven platos de renombre, en otros, la ‘chatarra’ es el alimento de transeúntes que asumen la vida sin mucho más que eso. El aire no es tan puro, los adoquines cansados de soportar aventuras sórdidas ya lucen sin color, las paredes dicen, guarecen la tinta de poetas urbanos que absortos de papel indagan en otras lides, es un árbol, el único que parado en la plaza puede decirnos todo y no lo hace, testigo presencial de afrentas, de tertulias, de cantos atorados en la garganta, son las bancas, que de tanta tinta parecen un cuaderno primario, la tarima religiosa de tanto quehacer, todo se ve gastado y somnoliento, quizá por el ruido y el humo y por las alharacas de tanta gente insomne.
El tiempo es la calle, 400 (El que cuida los carros) dice que mañana es feriado que hoy es la fiesta, la calle se enciende y un luthier amenaza con la noche, un pintor la enciende en el lienzo y es parte del paisaje de piernas desnudas que parecen de marfil, todo avanza y la posibilidad de la mañana, está en los bolsillos de los transeúntes, nadie se perdona y habita su farra como si fuera la última. No se dan tregua, se tiran a sacar si la salud está clarita. Es una torre de Babel. Nadie habla de lo mismo, coinciden en la seguridad de saberse vulnerables, la espuma, el humo y la primavera que llevan dentro se refleja en sus miradas, todo baila, todo fuma, todo se asoma a la posibilidad de salir ilesos.
A una cuadra el teatro Baralt tiene las puertas cerradas, La Capitulación, Los Cóndores: es otra historia. Muy cercana, pero que no se involucra en ‘Joligud’ ni en el resto. Así es la Calle Carabobo, la fiesta más grande del mundo y donde nunca es de día. No hay silencio. Mientras canta el pájaro que dormita en el matapalo, abajo se retan dos que deben una cuenta, otro que despega, Blanco, nadie dice hasta mañana, sino ‘hasta todas las mañanas’ la luna perenne, el sol de medianoche. Los invitados, quienes llegan a la primera, los que se asoman y la curiosidad los mantiene de pie después de tanta lidia. Nada se niega, el viento no sopla afuera, sino adentro. De espaldas la Plaza y su Zajuan, donde se improvisa lo artista, la posibilidad de no ser olvidado.
Esto es Calle Carabobo, rumor vago, se neva, se inverna en todos los veranos, en cada esquina y sus poetas y sus vagos y sus amantes de todas las noches y las ganas de querer volver. Nadie sabe dónde acaba la calle, empezó hace unos siglos detrás y la fiesta no se para. Es una noche en vela, todos la llevan por dentro, como la diversidad de amar lo mismo, al mismo género, nada importa mientras no amanezca. Esta es la calle donde comienza Maracaibo, donde se permite ser lo que se les dé la gana mientras no amanezca, es cada esquina desborda la espuma, el humo y la algarabía. Nada anochece, porque desde que nació, no ha amanecido todavía.
Así es este lugar, un estereotipo de la reincidencia, de las largas travesías de un lado a otro sin salir de ella, el sonido, el vaho de todo cuanto se cocina en los alrededores. Ahí comienza la historia de quien decide restarle unos días al calendario a cambio de toda la noche adentro. Lo demás, lo que necesite, que nada tenga que ver con lo planteado, lo puede hallar en el resto de la ciudad. No en la Calle Carabobo.