En Japón existe un fenómeno social conocido como johatsu, expresión que se utiliza para describir a quienes desaparecen por voluntad propia y dejan atrás…
En Japón existe un fenómeno social conocido como johatsu, expresión que se utiliza para describir a quienes desaparecen por voluntad propia y dejan atrás su identidad, su trabajo, sus vínculos familiares y hasta su nombre. Son personas que se convierten en invisibles para el Estado y para su entorno, empujadas por presiones laborales, deudas, vergüenza o violencia que no logran soportar.
Qué significa desaparecer y volverse un johatsu
Convertirse en un johatsu implica borrar todo rastro de la vida anterior. La familia, el empleo, el domicilio y la documentación quedan atrás para dar paso a una nueva existencia, generalmente precaria y marginal. El Gobierno japonés los describe como personas evaporadas, una forma de desaparición que no responde a un secuestro ni a un accidente, sino a una decisión extrema de ruptura con el entorno.
Las estimaciones apuntan a que unos 100.000 japoneses al año habrían pasado a engrosar esa condición durante las últimas cuatro décadas. De acuerdo con un informe de la policía japonesa, las personas desaparecidas de esta manera empezaron a ser un problema social a partir de los años 70. No obstante, ya desde después de la Segunda Guerra Mundial se habían registrado casos aislados. Más tarde, un famoso acontecimiento de los años 60, llevado al cine en 1967 y acompañado por una balada interpretada por Ken Yabuki, ayudó a popularizar el término y la idea.
Las presiones que empujan a desaparecer
Las razones más frecuentes detrás de estas desapariciones están vinculadas con el trabajo y la vergüenza. Muchos de quienes se van no soportan la presión laboral o no consiguen confesar a sus seres queridos que han sido despedidos. En otros casos, se trata de personas inmersas en deudas elevadas, ya sea por la adicción a las apuestas o por negocios que terminaron mal. También hay quienes, sin una justificación clara, optan por desaparecer socialmente.
Una parte importante de los casos, aproximadamente uno de cada cinco, está relacionada con la violencia de género. Durante años, el Estado no asumió un compromiso real para combatir estos abusos. Hasta 2001, la norma establecía como máximo pedir a los maridos que fueran más respetuosos con sus esposas. En ese contexto, muchas mujeres optaron por abandonar a sus familias y vivir en condiciones de pobreza antes que seguir sometidas a la violencia.
Los barrios donde sobreviven los desaparecidos
El destino de muchos johatsu se concentra en zonas marginales como Kamagasaki, en Osaka, y San’ya, en las afueras de Japón. Ambos lugares han sido borrados de los mapas y de sus nomenclaturas, aunque siguen existiendo como refugios para quienes necesitan vivir fuera del radar. Cuando se pregunta por esos sitios, muchos japoneses prefieren no responder o hacen como si no entendieran de qué se habla, porque se trata de una realidad incómoda que resulta mejor evitar.
Quienes desaparecen por vergüenza también arrastran a sus familias a un silencio similar. Si los allegados sospechan que la ausencia fue voluntaria, en muchos casos no presentan denuncias ante las autoridades por miedo a ser juzgados por la sociedad. Las cifras oficiales del Gobierno señalan apenas 2.000 personas desaparecidas al año sin dejar rastro o sin regresar en los meses siguientes, pero la Asociación de Apoyo a la Búsqueda de Personas Desaparecidas de Japón considera que esos datos están muy por debajo de la realidad.
Cuando existe dinero suficiente y un interés genuino por recuperar el contacto, las familias suelen acudir a empresas especializadas o a detectives privados. Las leyes japonesas protegen de forma estricta la privacidad de los ciudadanos y obligan a mantener en secreto el paradero de una persona incluso frente a sus familiares, salvo que exista una denuncia penal. En la práctica, muchos cónyuges, hijos, hermanos o padres prefieren dejar las cosas como están y no volver a saber de quien salió de sus vidas.
Allí, los johatsu sobreviven en habitaciones de hotel muy pequeñas, con frecuencia sin Internet ni baño privado, según ha descrito la periodista y escritora Léna Mauger, autora de un libro centrado en sus vidas. Esa estructura de anonimato y silencio les permite mantenerse al margen, aunque sea en condiciones extremadamente precarias.
De los jornaleros de San’ya a la precariedad actual
Durante los años del milagro económico japonés, entre las décadas de 1960 y 1980, San’ya albergaba a miles de jornaleros dedicados a trabajos industriales y mecánicos. Eran obreros de cuello azul, muchas veces invisibles para el reconocimiento estatal frente a los trabajadores de cuello blanco. Se trataba de empleos informales, masculinizados y mal pagados, aunque en muchos casos permitían sobrevivir e incluso ahorrar algo de dinero para intentar reintegrarse a la sociedad.
En esas comunidades empezaron a crecer el alcoholismo, el juego y la indigencia. Muchos no consiguieron salir de esas adicciones o de conductas autodestructivas. Las mafias también comenzaron a intervenir, endeudando a sus integrantes. En la actualidad, algunas organizaciones no gubernamentales entran todos los días al distrito para repartir comida, mientras que una parte de los vecinos vive en una precariedad tan profunda que se les considera muertos en vida.
Un futuro cada vez más estrecho para los johatsu
Con el avance de la tecnología, los empleos que sostienen a esta población se vuelven más escasos. A eso se suma que, desde 2015, el país ha empezado a rastrear con mayor dureza a sus miembros con fines impositivos y para que las deudas contraídas no queden sin control. Al mismo tiempo, la presión inmobiliaria crece y los barrios peor valorados se encaminan hacia procesos de gentrificación. Ese escenario pone en riesgo la continuidad del modo de vida de los johatsu.
Pese a ello, el suicidio sigue ocupando un lugar muy distinto al que tiene en otras sociedades. En Japón puede ser visto como un gesto honroso cuando una persona enfrenta el fracaso personal. El seppuku practicado por los samuráis es el ejemplo histórico más conocido, pero también lo son los ahorcamientos o los saltos al vacío elegidos por muchos salarymen cada año.
Japón figura como el segundo país con el índice de suicidios más alto entre los miembros de la OCDE. Aunque las últimas estadísticas indican una reducción hasta 25.000 suicidios anuales, la cifra más baja de las dos últimas décadas, quitarse la vida sigue siendo la principal causa de muerte entre hombres y mujeres de 22 a 44 años. En ese contexto, para algunos resulta menos violento desaparecer que morir.
Un caso entre muchos
Uno de esos casos es el de Yuichi, un trabajador de la construcción que se evaporó a mediados de los años 90 y con quien lograron hablar periodistas del New York Post. Su historia forma parte de una realidad más amplia en la que desaparecer no siempre significa ausencia física, sino también un intento desesperado por dejar atrás la presión, la vergüenza y el peso de una vida que se ha vuelto insoportable.