Conservar durante años el mismo color de cabello no siempre favorece, especialmente a partir de los 50. El estilista Álex Sestelo sostiene que la piel, la textura del pelo y la forma en que incide el color sobre el rostro cambian con el paso del tiempo, por lo que insistir en el tono de siempre puede restar frescura a la imagen.
El problema de repetir el mismo color durante décadas
Sestelo, director del salón que lleva su nombre, explica que un error frecuente es tratar de mantener el mismo tono que se lucía veinte o treinta años atrás. Según señala, lo que favorecía a los 35 no necesariamente es la mejor opción a los 55 o 60, porque la piel pierde luminosidad y uniformidad de manera natural y también evoluciona la fibra capilar.
En ese contexto, el especialista considera que el color debe adaptarse al tono de piel, a los ojos y a la personalidad de cada mujer, en lugar de sostener una elección que ya no acompaña los rasgos actuales.

Los tonos demasiado oscuros, los menos favorecedores
Entre las opciones que menos recomienda aparecen los negros intensos y los castaños muy cerrados. Sestelo advierte que estos tonos generan un contraste excesivo con una piel madura, lo que puede hacer más visibles las líneas de expresión e imperfecciones. Además, al tratarse de colores planos, restan movimiento al cabello.
El estilista también subraya que los tonos muy oscuros, en especial los negros azulados y los castaños muy fríos, pueden endurecer las facciones y acentuar los rasgos. Ese efecto, explica, suele resultar poco favorecedor a partir de los 55 años.
Los rubios extremos tampoco siempre ayudan

El exceso de claridad tampoco garantiza un mejor resultado. Los rubios demasiado ceniza o con una base muy gris pueden apagar la piel, sobre todo cuando el rostro ha perdido parte de los matices rosados o dorados que aportan vitalidad.
En la misma línea, los rubios muy claros o casi blancos tampoco suelen ser la mejor alternativa, ya que muchas veces requieren una decoloración intensa que compromete la calidad del cabello. Sestelo recuerda que, a cierta edad, la fibra capilar suele ser más fina y sensible. En lugar de aportar luz, estos tonos pueden hacer que la piel se vea más apagada.
Los tonos que aportan luz y suavizan los rasgos
El estilista apuesta por colores cálidos y con dimensión. Entre los que considera más favorecedores menciona los rubios miel, beige y vainilla suave, así como los castaños avellana, caramelo o chocolate con reflejos colocados de forma estratégica. Estos matices ayudan a aportar luminosidad, suavizar las facciones y dar una sensación más natural.

La clave, indica, está en crear pequeños puntos de luz alrededor del rostro y trabajar un resultado con profundidad y movimiento, en lugar de recurrir a un color uniforme y demasiado rígido.
Canas e integración del color
Otro de los cambios que gana terreno es la decisión de integrar las canas en lugar de ocultarlas por completo. Sestelo reconoce que hoy existen técnicas que permiten hacerlo de forma elegante y favorecedora, adaptando la coloración a la nueva etapa del cabello.
En su criterio, el tono que menos recomendaría es el negro intenso y uniforme, porque endurece las facciones, marca las líneas de expresión y genera un contraste excesivo con la piel madura. Además, hace más evidente el crecimiento de las canas y exige mantenimientos más frecuentes.
Por eso, el especialista prefiere suavizar ese negro hacia un castaño profundo, una alternativa que ofrece un acabado más natural y favorecedor.
