“Fui muy feliz en mi niñez, pero no fue fácil. Pasé por momentos que no tuve luz en la casa, no había comida, que me iba al estadio, en la pequeña liga Coquivacoa, a jugar pelota sin desayuno. Muchas veces no tuve carro, como a los 10 años, y teníamos que pedir cola, caminar, agarrar bus para ir a todos lados. Fue muy diferente a la de mis hermanos que, tal vez, según me contaban, la tuvieron un poquito más fácil que yo.
Mi hermano mayor, Euro, trajo el béisbol a mi casa. Jugaba en las calles, normal como todos los niños. No tuvo la oportunidad de jugar en pequeñas ligas como yo porque mi papá y mamá no sabían nada de eso. Siempre estaban trabajando para traernos el plato de comida a la casa. Desde pequeño, él me enseñó a batear y le tomé cariño a la pelota. Sí, creo que le debo mi título de bateo a él (risas).
Mi papá siempre ha sido mecánico. Mi mamá trabajaba en una empresa de seguros. Nos llevaban a la escuela en la mañana y los veíamos en la noche. Fuimos criados prácticamente por mis abuelos.
Foto: Instagram @cargomedia5
Por mi casa había un terreno donde todos jugaban, las mismas caimaneras que se hacían en todos lados. Quien nos llevaba a las prácticas era mi abuelo y, cuando mi papá y mamá podían, nos llevaban y se quedaban con nosotros. Mi infancia fue maravillosa junto con todos ellos porque vivíamos muy cerca, como a tres casas de distancia.
Mi sueño era jugar en las Grandes Ligas. Desde pequeño le decía a todo el mundo que yo estaría ahí.
Mi madre siempre me inculcó que los estudios estaban por encima de todo, que era lo más importante, que necesitaba salir adelante a través de los libros. Pero como siempre digo, tuvimos suerte, yo tuve mucha. Como toda madre, ella quiso verme graduado, con título en mano. Mi meta fue ser profesional, pero en el béisbol.
Mi cabeza no estaba en otra cosa más que entrenar y prepararme. Me metí en muchos problemas con profesores porque me decían que tenía que estudiar, que esto no iba a ser tan fácil. Yo les decía “cuando me vean en televisión van a saber que es verdad lo que digo”.
Hace unos años estuve en uno de los colegios, en María Montessori, compartí con alumnos, profesores, directores. Al igual que ellos, se sienten orgullosos y saben que pude estar ahí. Recordamos lo tremendo que era, las travesuras que hice.
Vi a mi hermano dejar los estudios para ponerse a trabajar y ayudar a mis padres, en casa, a mí con las cosas que se necesitaban. A mí me ayudó mucho para poder ponerme un par de zapatos para jugar pelota, eran de las cosas que más valor le veo, el sacrificio que todos hicieron para que me salieran las cosas bien en lo que me propuse.
En el béisbol, a los 16 años, uno puede agarrar una buena cantidad de dinero. Ningún trabajo u oficio podía darme esa estabilidad. Cuando firmé tuve otra opción que era ponerme a estudiar en Estados Unidos y esperar un año más, para salir en el ‘draft’, y agarrar muchísimo más dinero. Pero la necesidad que hubo en mi casa, más las ganas de jugar pelota, me impulsaron a jugar béisbol y convertirme en profesional.
Desde joven soñé con tener hijos. La tarea es saber con quién (risas).
Fotos cortesía: Cargo Media 5
Santiago, el mayor, es quien más preguntas hace. ¿Por qué papá no está?, ¿por qué a papá no lo dejan tranquilo, piden tantas fotos? A veces no dejaba que me tomara fotos, se sentía celoso del resto de los niños y hasta se metía entre ellos. Pero ya está entendiendo cómo es todo. Él y yo somos los compinches de la casa.
Mi mamá nunca me sacó del béisbol pero sí me dijo que no sería fácil, que tendría mucho trabajo. Que si tenía confianza en hacerlo, que lo hiciera. Muchos piensan que porque Santiago es mi hijo debe jugar béisbol y es lo que menos hace porque no se lo he metido por los ojos.
A mí me encantan los carros deportivos y él está creciendo con esa afición. Viendo los ferraris, lamborginis, salimos a los kartings, a manejar, y eso es lo que disfrutamos.
He aprendido a ser papá. Es el mayor, primero, me ha guiado a aprender de él. Es muy cariñoso, me encanta enseñarle las cosas que me enseñaron en casa. Tiene una luz brillante porque todos se acercan a él.
El 2014 fue un año difícil. Pasó de todo dentro y fuera del terreno. Fue muy duro pero de mucho aprendizaje.
Desde que mi esposa salió embarazada y sabíamos que eran dos, se prendieron las alarmas, era de alto riesgo. Los médicos sabían que habrían complicaciones. Empezó a tener problemas de salud. Las niñas comenzaron a ponerse delicadas, yo tuve tres operaciones, todo muy accidentado.
Lo más bello de todo esto ha sido ver crecer a las niñas. Cada una pesaba más o menos un kilo al nacer, me cabían en una mano cada una. Fue una experiencia difícil de llevar, como estaban tan péqueñas, pasaron dos meses en UCI. En casa no querían comer, todavía tenían oxígeno, todo era muy complicado, temeroso. Ya cada una pesa más de 10 kilos, ya balbucean, juegan y llenan mucho de alegría y satisfacción.
Los niños permiten que uno se relaje mucho más. A veces te va mal en un juego y Santiago es quien me hace sonreír. Llegó pensando en el juego, triste y con cualquier cosa me pone a pensar en otra cosa con sus ocurrencias. Tiene algo muy bonito que es la niñez que impide que uno se ponga viejo y amargado. Gracias a Dios, las niñas ya están sanas y salvas, también Indonesia porque tuve cerca de que algo malo pasara.
El mismo cariño que tengo por mi familia lo tengo por mi profesión. Es increíble cómo peloteros que uno admiraba ya no están, se retiran. El tiempo pasa rápido y por eso debo aprovechar al máximo lo que me queda de carrera. Darle esa satisfacción a ellos de verme jugar, disfrutar. Dios mediante ellos me podrán disfrutar aún más y darme la satisfacción de poder mostrarles que todo el esfuerzo valió la pena.
Todos los días oro y agradezco a Dios por lo que tengo: familia, salud y también por lo que viene. A mi Chinita, todos los días. ¿Qué me prometo que no llegará a mi vida nunca más? Creo que no cambiaría nada de lo que he tenido hasta ahora. Amén”.