La educación es presentada como la base de la reconstrucción nacional

El destino de Venezuela, sostiene el autor, no debe medirse por la profundidad de sus pozos ni por la capacidad de sus turbinas, sino por la fuerza de sus aulas presenciales y virtuales, laboratorios y centros de formación.

El texto parte de una idea que remite a Arturo Uslar Pietri y su llamado a «sembrar el petróleo», formulado en julio de 1936. La tesis central es que el país no logró transformar la renta petrolera en una economía productiva y diversificada.

Según el planteamiento, durante décadas hubo obras, infraestructura física e instituciones, además de escuelas, liceos y programas como el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho. Pero esa expansión no habría modificado los paradigmas culturales de fondo.

La educación como la “infraestructura de infraestructuras”

El autor afirma que la verdadera plataforma de una nación no está hecha de concreto ni de acero, sino de conocimiento, innovación, institucionalidad y capacidades técnicas. Por eso resume su argumento en una frase: la educación es la infraestructura de infraestructuras.

También advierte que invertir en pozos, centrales eléctricas o redes sin reconstruir al mismo tiempo el sistema educativo puede empujar al país a dos trampas: depender de tecnología y talento importado, y ver cómo las obras quedan obsoletas por falta de mantenimiento calificado.

La encuesta que muestra la baja prioridad del tema

La desconexión social frente al problema educativo se apoya en la Encuesta Nacional Venezuela Junio-Julio 2026, realizada por CID Gallup a beneficio del Center for Insights in Survey Research.

En esa medición, la educación ocupa el lugar 14 de 16 en la pregunta sobre el principal problema actual del país. Cuando la consulta se refiere al futuro, sube al puesto 6 con 6%.

Para el autor, esos resultados son una señal de alarma porque muestran que la mayoría no identifica la educación como eje central de su propio porvenir.

Cinco medidas para no repetir el error

El texto propone incorporar la educación desde el primer día en cualquier nuevo ciclo de inversiones energéticas. Entre las medidas plantea fondos de capital humano ligados al sector energético, reconstrucción de la educación básica, dignificación del talento docente, blindaje institucional y transferencia tecnológica con desarrollo de proveedores locales.

La conclusión es tajante: si se siembra una educación pobre, se recogerá pobreza; si se siembra una educación de calidad, se recogerá prosperidad. En esa línea, el autor insiste en que la nueva etapa del país debe impulsar una economía del conocimiento.

En su cierre, resume que la siembra del siglo XXI no es mineral, sino intelectual, y que el futuro del país dependerá de la formación de su gente en aulas, laboratorios y centros de aprendizaje.