Cuando la sonda OSIRIS-REx llegó al asteroide Bennu en 2018, la misión se topó con una paradoja: las mediciones indicaban que el cuerpo se calentaba de día y se enfriaba por la noche como si estuviera cubierto por material fino, pero la zona de toma de muestras resultó ser un terreno rocoso y difícil.
La porosidad no bastaba para explicar el calor
Durante años, ese comportamiento térmico fue un misterio. Un grupo de la Universidad de Arizona propuso una explicación en un estudio publicado en Nature Communications: las muestras traídas a la Tierra revelan un material muy poroso, pero también una red extensa de fracturas en su interior.
La porosidad ayuda a que el calor se disipe más rápido, aunque no explica por sí sola una inercia térmica tan baja como la observada en Bennu. La clave, según ese trabajo, estaría en la combinación de poros y grietas, que cambia la forma en que la roca conserva o pierde temperatura.
Las pruebas de laboratorio y los modelos apuntan a las grietas
Para comprobarlo, el equipo usó termografía lock-in, una técnica que ilumina una parte de la muestra con un láser y sigue cómo se propaga el calor alrededor. Esa prueba, aplicada a partículas diminutas, confirmó que la inercia térmica seguía siendo muy parecida a la medida antes por el telescopio Spitzer en 2007.



