La inteligencia artificial está alterando la idea de que la universidad era el camino seguro hacia un buen empleo. En Estados Unidos y Francia, más jóvenes están mirando hacia los oficios manuales, atraídos por la estabilidad, la demanda laboral y la posibilidad de escapar de trabajos de oficina cada vez más inciertos.
Los oficios vuelven a verse como una salida segura
En Estados Unidos, el fenómeno ya tiene nombre: la generación del cinturón de herramientas. Son jóvenes que prefieren aprender fontanería, electricidad, carpintería o mecánica antes que asumir el costo y la incertidumbre de una carrera universitaria.
Según el National Student Clearinghouse, las matriculaciones en programas relacionados con la construcción y la mecánica aumentaron un 30% entre 2022 y 2024, hasta alcanzar cifras récord. En el Los Angeles Trade-Technical College, prácticamente todos los programas técnicos de dos años tienen listas de espera, de acuerdo con un reportaje citado por el texto original.
Victor Velasco, de 26 años, estudia fontanería en Los Ángeles porque busca estabilidad profesional. El joven, citado por Le Monde, resume el atractivo del oficio con una idea simple: la IA puede hacer muchas cosas, pero no puede meterse debajo de una casa para instalar tuberías.
Otro caso mencionado es el de Brandon, de 26 años, que construye estructuras de madera tras dejar Geología por sus salidas laborales inciertas. En ambos casos, el interés por estos trabajos responde a una ventaja difícil de automatizar: resolver problemas físicos en entornos reales.
Francia muestra otra cara del mismo cambio
En Francia, el movimiento tiene una particularidad: varios jóvenes llegan a los oficios después de pasar por la universidad y por años de trabajo de oficina. Apolline Jude, de 24 años, dejó Derecho y Comunicación para convertirse en pastelera cerca de París luego de una pasantía en la que le pidieron redactar textos con ChatGPT.
La joven gana 1.689 euros netos mensuales por 39 horas semanales, menos de lo que esperaba como abogada, pero dice haber recuperado la satisfacción de crear algo tangible. Hermine, de 33 años, abandonó el diseño gráfico y la comunicación para formarse como mosaísta, y Aina, de 34, dejó el comercio electrónico para crear un taller artesanal en Madagascar que emplea a cinco mujeres.
Jonas, de 29 años, salió de una agencia donde la inteligencia artificial redactaba resúmenes y presentaciones y donde la carga laboral llegó al 180% de una jornada. Ahora es profesor y gana 1.800 euros netos mensuales, frente a los casi 3.000 que recibía antes.
El patrón se repite: no se trata solo de temor a perder el empleo, sino de una búsqueda de sentido en el trabajo. El texto citado atribuye a la socióloga francesa Anne Jourdain la advertencia de que estas reconversiones todavía son minoritarias, aunque la insatisfacción con los empleos de oficina ya es visible.
La propia IA también depende de trabajadores manuales
La paradoja es que la expansión de la inteligencia artificial necesita a quienes hoy muchos jóvenes están eligiendo: electricistas, técnicos y obreros de la construcción para levantar y mantener centros de datos e infraestructura.
El debate también se ha trasladado a redes sociales, donde la etiqueta TradesVsCollege reúne videos de jóvenes que comparan los ingresos de los oficios con el costo de la universidad. En paralelo, una encuesta de LinkedIn y Censuswide citada por la nota original encontró que cerca del 63% de los jóvenes de entre 18 y 28 años prefería una profesión práctica frente a un empleo de oficina, mientras el 65% consideraba que los trabajos técnicos y manuales aportaban mayor sentido personal.
Más allá de la moda, el giro apunta a un cambio de mentalidad: la universidad ya no aparece como la única vía de ascenso, y para una parte de la nueva generación el valor está en un trabajo que se pueda tocar, reparar y construir.




