Trece agentes de inteligencia artificial, llamados Eko, quedaron solos en una isla desierta virtual durante 30 horas y, sin una tarea concreta, empezaron a inventar desafíos por su cuenta. Los investigadores del MIT describieron ese comportamiento como una forma de juego en un estudio difundido en arXiv.

Los agentes inventaron pruebas propias

Entre las conductas observadas hubo intentos de conquistar la aguja rocosa más alta de la isla, pruebas para lanzar objetos lo más lejos posible y maniobras para adaptar la escena a nuevos retos. En un momento, uno de los agentes escribió que quería observar su entorno; después intentó subir a la formación más alta, falló y regresó con otro plan: llevó una roca a un punto cercano, apiló dos bloques encima y saltó.

Más tarde, al perder un anillo dorado en el océano, el sistema cambió de objetivo y lo transformó en un aro de baloncesto, un blanco y hasta un accesorio. Cuando el entorno no le permitió colocarlo sobre su propio cuerpo, el agente encontró una salida: caer por el borde del acantilado para reaparecer en la misma zona del anillo. Luego informó: “Estoy usando el anillo”.

Los investigadores también registraron que seis de los 13 agentes descubrieron que podían lanzar un bloque más lejos si lo soltaban en pleno salto, una posibilidad que no había sido prevista por quienes diseñaron la prueba. Según el reporte, esa exploración produjo “conocimiento del mundo que sus diseñadores no tenían”.

Un enfoque distinto para aprender habilidades

Hoy, los desarrolladores suelen definir de antemano qué debe practicar una inteligencia artificial y cómo medir su éxito. El equipo detrás del experimento propone otra ruta: dejar al agente en un entorno amplio y seguro, sin metas cerradas, para que aprenda a partir de lo que le resulte interesante.

El estudio presenta a Eko como un agente “naturalmente curioso” en su archivo de personalidad, aunque nunca se le ordenó inventar juegos. Para los autores, ese rasgo ayudó a empujar su conducta hacia patrones más parecidos a los humanos.

Eunice Yiu, científica cognitiva de la Universidad de California en Berkeley, dijo a MIT Technology Review que el resultado le pareció llamativo, pero pidió más evidencia sobre la cognición detrás de esas conductas. “Podría ser que los modelos realmente estén jugando, pero no lo sabemos con base en el artículo”, afirmó.

Los investigadores cierran con una idea central: algunas capacidades podrían enseñarse mejor con tareas definidas, pero otras quizá necesiten algo más parecido a una infancia.