Sucesos

Psicóloga social de la UCV: “Nos enfermó la naturalización de la violencia”

La experta del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, afirma que “80% de la población no confía en instituciones” 

 

Yorelis Acosta (San Felipe, 1966) ha visto la violencia. “Me arrancaron el teléfono en una cola de un supermercado”, cuenta, aún asombrada por lo que ha definido, desde los estudios que dirige en el Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) de la Universidad Central de Venezuela, como “la naturalización de la violencia”. Desde la capital, ha vigilado el crecimiento de la saña criminal y el Zulia no ha estado lejos de su visual.   

—  Un estudio reciente que usted dirigió concluye que “se naturalizó la violencia y está próximo a naturalizarse el dolor social”. ¿Cómo se explica esto?   

— El dolor social ya  lo vivimos. No nos hemos dado cuenta porque estamos  en este contexto donde hay más elementos negativos que positivos, y aumenta la percepción de lo que nos  abruma. Todo eso le ha quitado el espacio casi total a lo que nos da tranquilidad y felicidad. Este contexto  donde la gente se queja de lo que le agobia, es el dolor social, nos vemos con un amigo, con un familiar, y las  conversaciones son reiterativas sobre lo que nos preocupa. 

—  ¿En esa escala de  “dolor”, en qué nivel está la inseguridad? ¿Cuán frecuentemente se queja la gente de ese elemento?    

— Siempre nos hemos quejado, y ese es otro elemento de este drama. Pensamos en 2016 sin ver que traemos el dolor  acumulado. Este año solo se recrudeció lo negativo de nuestros indicadores. El drama aumentó por la crisis y el tema de la inseguridad, que siempre fue número uno, pasó a un segundo lugar porque el tema de los alimentos es fundamental. No quiere decir que la seguridad mejoró, todos tenemos testimonios cercanos  de la inseguridad.   —  La saña es un elemento de todos los días. No es solo el hecho criminal, de matar o robar, sino que parece que hubiese en el delincuente más ganas de causar daño, de ser sanguinario. ¿De dónde viene esta característica?    

— Además de ser la sumatoria de muchos elementos es no ponerle remedio a las cosas a tiempo, porque los índices de inseguridad nuestros vienen subiendo desde 1990. Ese año nosotros teníamos una tasa de 13 homicidios por 100 mil habitantes. Se han intentado numerosos planes de seguridad —en este gobierno más de 30 entre nacionales y regionales— sin lograr frenar el alza de las cifras. Allí se añade el tema de la impunidad. Si un delincuente sabe que no lo van a atrapar, sigue delinquiendo. El tema del consumo de drogas ha aumentado, ha crecido el porte ilegal de armas, la ruptura de la familia, no hay figura de orientación. El Estado, ni en sitios cerrados, puede garantizar la seguridad y tienes dos ejemplos: las cárceles y el Metro de Caracas.

  —  Mujeres, niños y elementos de fe son víctimas recurrentes de ataques en Zulia. ¿Por qué se atenta contra lo indefenso?   

— Hay un problema institucional importante en Venezuela,  que no nos protege a nadie. Niños y mujeres  son los grupos más vulnerables, y las políticas públicas deberían dirigirse a su protección. Las misiones fueron pensadas para proteger a los grupos más vulnerables pero cuando vemos alrededor el crecimiento, por ejemplo, de los jóvenes delinquiendo, de los niños pidiendo en la calle, vemos que hay un fracaso de esas políticas. Ahora,  así como hay bandas de hombres, hay bandas de mujeres. Entonces ves cómo la muchacha del barrio quiere ser la novia del pran, tener acceso a dinero fácil, esto forma parte también de ese deterioro y de una sociedad que se va haciendo cómplice. Vemos a modelos en la televisión vinculadas a ese mundo. Y nadie condena porque todo el mundo está metido en la solución de su problema, de su calamidad, y no hay fuerza individual psicológica para luchar contra eso. Eso arropa, es como un gran tsunami.

—En el caso de los ataques a la devoción, en el  Zulia dos coronas de imágenes religiosas fueron robadas, una de ellas, sometiendo al  párroco con violencia… ¿Qué traduce esa pérdida del respeto por algo que para un grupo es sagrado?     

— En ese caso no se ve como un acto de fe. Solo se ve el valor monetario que tiene lo que se están robando: no tiene otro valor. Son jóvenes que no han tenido formación ni educación religiosa: eso es un bien material y punto. No es un templo, no es algo sagrado. Ahora, en Venezuela parece que, por muchos factores, se ha borrado la línea entre el bien y el mal. No pensemos solo en el delincuente: el ciudadano común, que tiene la oportunidad de llevarse algo, se lo lleva. A mí me arrancaron mi celular en una cola para comprar comida, y era gente que estaba en lo mismo. 

—  La dilación de la justicia y  la sobrecarga de tribunales (con  su correspondiente retraso en las decisiones) van creando la sensación de que no actúan. ¿Cómo influye eso en la percepción de impunidad?    

— En 2014 preparamos un estudio titulado El peso de la ley (cuyos resultados fueron publicados por la revista SIC del Centro Gumilla). El resultado del estudio es que  hay una desconfianza en las instituciones, porque la ley es distante para nosotros, en más de un 80% la gente no  las instituciones y se siente

— Se acerca la Navidad. La crisis amenaza las tradiciones, pero la gente lucha por mantenerlas… ¿Queda en la población el ánimo de identificación de grupo social, de nación?    

— Lo que le ha quedado al venezolano es proteger sus microespacios (familia, trabajo, negocio, amigos), adaptarse y, en ese trayecto, sufrir mucho. Porque se sufre cuando, por ejemplo, cuando una madre saca del presupuesto familiar las galletas para sus hijos, eso golpea, esos ajustes se hacen protegiendo ese espacio seguro, y se valoran mucho más los  momentos de felicidad familiar.

 —  ¿Cuáles son las claves para fortalecer a la familia, desde lo micro para hacer una sociedad menos violenta?    

— Esas son preguntas difíciles que yo también me hago, la gente  sigue trabajando, dando lo mejor de sí y repensando al país. No hay una receta exacta, estándar, para todas las familias.

 

  —  Mercedes Pulido de Briceño decía que en sociedades afectivas no se veían hechos dantescos. ¿Dejamos de ser definitivamente afectivos o es una situación coyuntural?    

— Yo he señalado que nos enfermó la naturalización de la violencia.  Hay  indicadores muy malos, crímenes terribles. En el Zulia me gustaría hacer investigación porque he seguido crímenes pasionales que han sido terribles. Eso también nos ha hecho daño a lo individual. Haber estado en esta sociedad, en este contexto, donde se ha naturalizado la crisis, donde parece ‘normal’ que policías roben, que las instituciones no funcionen, y sales del país y comparas, ves que tenemos una sociedad que nos ha enfermado psicológicamente. Muchos han caído en desesperanza clásica, y te dicen a todo que no se puede: muestras luz y la gente prefiere quedarse en su espacio de dolor.

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