El delincuente rondaba varias veces, la noche del sábado, por la calle MN del sector 18 de Octubre. Observaba las casas de la zona cada vez que pasaba en su moto negra. Como un depredador, estaba en la caza de su presa. La oscuridad no le dificultó ver que su nueva víctima tenía una tablet sobre sus manos. El sonido particular del tubo de escape de la motocicleta no alertó a César David Sforza Palomares. El ingeniero petrolero, de 40 años, estaba concentrado disfrutando de una película cómica en su tablet, sentando en un sofá de hierro forjado en el porche de la casa de una tía.
Lo acompañaba un amigo. Ninguno se percató de que un hombre los miraba fijamente esperando el momento preciso para atacar.
César David Sforza Palomares era ingeniero. Tenía 40 años.
Faltaban diez minutos para que terminara la película. La tía Daysi Palomares, quien lo crió, estaba en la cocina preparando las arepas para la cena. A las 8:00 de la noche, el delincuente, de tez morena y estatura alta, asaltó en la casa 7-25 Santa Rita.
Con rapidez se bajó de la moto, que dejó parada en la esquina de la calle, y caminó hasta la casa amarilla de portón marrón en busca de su botín.
— “¡Ábreme la puerta!”—, gritó el delincuente, forcejeando la manilla de la puerta principal. — “No sé quién eres, no te voy a abrir la puerta”—, le contestó César, desde el porche. El amigo del ingeniero, al ver al hampón, salió corriendo por el patio de la vivienda para esconderse.
Sforza no corrió con la misma suerte. Al levantarse del sofá, agarró con fuerza la tablet y caminó hacia el interior de la casa. Solo pudo dar pocos pasos cuando sintió una bala que le perforaba la espalda. El hampón sacó la pistola que tenía pegada a sus costillas, la metió entre las rendijas de la puerta y jaló el gatillo.
Con cada pisada, César David se iba desvaneciendo. Cayó ante los pies de su tía, moribundo. La mujer, atacada por los nervios, encendió el carro de su sobrino y con fuerza lo cargó y lo acostó en el asiento trasero del vehículo.
Manejó con rapidez hasta la emergencia del Hospital Adolfo Pons, al norte de Maracaibo. En el camino, la señora Daysi le pedía a su sobrino que resistiera, que luchara por su vida. Sforza apenas podía pronunciar algunas palabras. Le dijo: “Te quiero tía, gracias por cuidarme siempre”.
Al llegar al “Pons”, los enfermeros montaron a César en una camilla directo al pabellón; sus ojos se fueron cerrando, hasta que murió antes de ser atendido por los doctores de guardia.
El crimen creó conmoción en la industria petrolera. Sforza inspeccionó pozos en Pdvsa durante 10 años. Era soltero y residía en el municipio Lagunillas. Todos los viernes viajaba hasta Maracaibo a visitar a su tía y se devolvía los domingos. Ayer, no regresó.