La siesta puede ser beneficiosa para el cuerpo y la mente, pero solo si se mantiene corta. Cuando se alarga más de media hora, empieza a volverse contraproducente y puede afectar el descanso de la noche.
El límite que separa el beneficio del riesgo
La ciencia citada en el texto coincide en un punto: la mejor siesta es breve. Dormir hasta 30 minutos ayuda, pero pasarse de ese tiempo distorsiona los efectos positivos y puede dejar sensación de aturdimiento. Clínica Mayo también apunta que tras una siesta larga pueden aparecer desorientación y somnolencia residual.
La investigación de la Universidad Médica de Guangzhou, presentada en 2020 en el congreso de la Sociedad Europea de Cardiología, observó que las siestas de más de 60 minutos se asociaban con un 30% más de riesgo de muerte por cualquier causa y un 34% más de probabilidad de enfermedad cardiovascular. Cuando se consideró el sueño nocturno, ese riesgo se mantuvo solo en quienes dormían más de seis horas por noche.
El autor del estudio, Zhe Pan, señaló que las siestas más cortas, especialmente las de 30 a 45 minutos, podrían mejorar la salud del corazón en personas que duermen lo suficiente por la noche.
Los estudios que relacionan la siesta larga con más problemas
Otra investigación, realizada en el Hospital Universitario Juan Ramón Jiménez de Huelva, encontró que las siestas de más de 30 minutos se relacionan con un mayor riesgo de latido irregular. Según ese trabajo, dirigido por Jesús Díaz Gutiérrez, quienes duermen siestas largas tienen un 90% más de riesgo de desarrollar fibrilación auricular.
El mismo estudio concluye que la duración óptima debe estar entre 15 y 30 minutos, porque esa siesta corta podría mejorar el ritmo circadiano, reducir la presión arterial y bajar el estrés. La relación entre sueño diurno prolongado y salud cardiovascular también quedó reforzada en la presentación de la Universidad Médica de Guangzhou.
En paralelo, otras investigaciones citadas en el texto asocian las siestas prolongadas con inflamación, hipertensión arterial, diabetes, mala salud física en general y más riesgo de obesidad. Un estudio de la Universidad de Murcia, publicado en la revista Obesity, halló que quienes dormían siestas largas tenían un índice de masa corporal 2% mayor, un 23% más de riesgo de obesidad y un 40% más de riesgo de síndrome metabólico.
En ese mismo trabajo, Marta Garaulet afirmó que las siestas largas se asocian con aumentos del índice de masa corporal, los triglicéridos, la glucosa y la presión arterial. En cambio, las siestas de menos de 30 minutos se relacionaron con un 21% menos de riesgo de hipertensión.
Cuándo una necesidad de dormir puede ser una alerta
La siesta no siempre es un problema. Según Clínica Mayo, puede ser útil si aparece fatiga repentina, somnolencia inesperada o si hace falta recuperar horas de sueño perdidas por una jornada larga o un turno de trabajo.
Pero si la necesidad de dormir durante el día aparece sin una explicación clara dentro de la rutina, podría ser una señal de alerta. En ese caso, el texto señala que puede estar detrás un medicamento, un trastorno del sueño o alguna otra afección médica que interrumpe el descanso nocturno.
Los especialistas citados coinciden en la misma idea: la siesta ayuda, pero solo en su justa medida. Pasarse de tiempo puede convertir un hábito saludable en un factor de riesgo.
