La mayor visibilidad del suelo pélvico ha ayudado a poner sobre la mesa un tema antes poco discutido, pero también ha impulsado la difusión de ideas…
La mayor visibilidad del suelo pélvico ha ayudado a poner sobre la mesa un tema antes poco discutido, pero también ha impulsado la difusión de ideas equivocadas. Varias creencias muy extendidas pueden llevar a normalizar síntomas, evitar actividad física o escoger tratamientos que no se ajustan a lo que muestra la evidencia científica. Estas son nueve de las más comunes.
1. Las pérdidas de orina después de tener un hijo son normales
La incontinencia urinaria es frecuente, sobre todo durante el embarazo y después del parto, pero no debe asumirse como algo inevitable. Afecta aproximadamente al 25% y al 45% de las mujeres adultas. Que sea habitual no significa que deba aceptarse sin más, porque existen opciones de atención profesional para abordarla.
2. El ejercicio de impacto daña el suelo pélvico
Durante años se repitió que correr, saltar o levantar peso perjudicaba esta zona. La evidencia actual matiza esa idea: el ejercicio físico es una herramienta clave para la salud general y no debería evitarse por temor. Lo relevante es ajustar las cargas, avanzar de forma progresiva, controlar la presión intraabdominal, adaptar el entrenamiento a cada mujer y valorar antes el estado del suelo pélvico. El problema suele estar en una mala gestión del esfuerzo, no en la actividad en sí.
3. Solo las mujeres mayores presentan problemas de suelo pélvico
La edad aumenta el riesgo, pero no es el único factor. Los trastornos del suelo pélvico pueden aparecer en distintas etapas de la vida, como en mujeres jóvenes deportistas, durante el embarazo, en el posparto, en la menopausia e incluso en hombres tras una cirugía prostática.
4. Si no hay síntomas, no hace falta preocuparse
Algunas alteraciones no dan señales claras en las fases iniciales. Es el caso de los descensos de órganos o prolapsos, cuya detección temprana resulta importante para evitar complicaciones. La prevención cobra especial relevancia en momentos como el embarazo, el posparto, la menopausia, el inicio de programas de ejercicio intenso o la recuperación después de una cirugía.
La educación y la evaluación precoz pueden ayudar a reducir el riesgo de problemas más adelante.
5. En el embarazo, lo mejor es hacer solo pilates
El pilates puede ser útil, pero no debería ser la única opción. Las principales guías internacionales recomiendan combinar ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza, trabajo de movilidad y ejercicios específicos de suelo pélvico cuando estén indicados. Entre las modalidades con mejor respaldo científico durante la gestación figura el entrenamiento de fuerza, por sus beneficios sobre la ganancia excesiva de peso, el riesgo de diabetes gestacional, el dolor lumbar y pélvico, la capacidad funcional y la salud cardiovascular materna.
El pilates puede formar parte de un plan completo, pero no sustituye por sí solo al resto del trabajo físico recomendado.
6. Tras el parto, los hipopresivos son imprescindibles
Los hipopresivos ganaron popularidad por su supuesta capacidad para recuperar la faja abdominal, mejorar el suelo pélvico y reducir el perímetro abdominal. Sin embargo, las revisiones científicas disponibles muestran que sus resultados son similares o incluso inferiores a los de programas convencionales de ejercicio terapéutico y entrenamiento específico del suelo pélvico.
7. Con diástasis abdominal no se pueden hacer abdominales
Durante mucho tiempo se recomendó evitar cualquier ejercicio abdominal, especialmente los tipo crunch, en mujeres con diástasis abdominal. La evidencia actual plantea un panorama más complejo. No basta con medir la distancia entre los rectos anteriores: el ejercicio debe individualizarse en cada caso.
En algunas mujeres, el control ecográfico ha mostrado mejoras en la tensión del tejido conectivo y en la función abdominal al realizar ejercicios abdominales hiperpresivos.
8. Hay que ir al baño en cuanto aparece la primera gana de orinar
Muchas personas han incorporado el hábito de orinar “por si acaso” antes de salir de casa, antes de conducir, antes de una reunión, antes de entrenar o varias veces antes de acostarse. Esta costumbre no resulta saludable cuando se convierte en rutina, porque la vejiga puede adaptarse a trabajar con volúmenes cada vez más pequeños.
Eso puede favorecer una mayor frecuencia urinaria, sensación de urgencia, más riesgo de infecciones de orina y un impacto negativo en la calidad de vida al obligar a estar pendiente de tener un baño cerca. Lo adecuado es mantener el equilibrio y responder a las necesidades reales del cuerpo.
9. En la menopausia, la sequedad vaginal y el dolor sexual hay que aceptarlos
Se trata de una de las creencias más perjudiciales. Los cambios hormonales pueden provocar sequedad vaginal, menor elasticidad tisular y molestias o dolor durante las relaciones sexuales, pero eso no implica que sea algo que deba asumirse sin tratamiento. Existen opciones eficaces como la fisioterapia de suelo pélvico, los lubricantes e hidratantes vaginales y las terapias hormonales, capaces de mejorar de forma importante la vida sexual de la mujer.
Reconocer estos síntomas y consultar a tiempo permite evitar que se normalicen problemas que sí tienen abordaje.