La inteligencia artificial ha cambiado la forma en que se mide y se percibe la belleza: además de ofrecer filtros que “mejoran” el rostro, también se usa…
La inteligencia artificial ha cambiado la forma en que se mide y se percibe la belleza: además de ofrecer filtros que “mejoran” el rostro, también se usa para evaluarlo, con efectos asociados a una menor autoestima, más rechazo a la imagen corporal y una presión estética cada vez más intensa.
De los filtros al juicio algorítmico
Durante años, la discusión sobre los estándares de belleza irreales se concentró en el retoque fotográfico. Con la llegada de la IA, ese escenario se amplió: ahora hay algoritmos capaces de devolver, en tiempo real, una versión artificialmente optimizada del propio rostro.
Un estudio empírico publicado en el Journal of Consumer Behaviour analizó a casi 800 usuarios en dos fases y aisló el efecto de los filtros basados en IA frente a la simple exposición a redes sociales. El resultado apuntó a una caída directa de la autoestima y a un aumento del rechazo hacia la apariencia actual.
El mecanismo descrito se relaciona con la teoría de la discrepancia: la IA construye un “yo ideal” hiperrealista y, al volver al rostro real, aparece un choque que puede derivar en ansiedad.
La dismorfia de filtro y sus efectos
Ese impacto ha llevado a la literatura médica a incorporar el término dismorfia de filtro. Una revisión que reunió 18 estudios de las dos últimas décadas concluyó que la amplificación de ideales irreales por parte de la IA y los filtros en general no solo incrementa la insatisfacción corporal, sino que también se asocia con trastornos alimentarios, ansiedad y depresión.
Los grupos más expuestos son los adolescentes y los adultos jóvenes. Además, el uso de estas herramientas no se limita a embellecer imágenes: también hay personas que someten su rostro al escrutinio de la máquina para decidir si son “guapos” o “feos”, y terminan interiorizando ese criterio.
Internalizar ese discurso se correlaciona con baja autoestima y con comportamientos compulsivos orientados a mejorar la apariencia.
Sesgos en la evaluación estética
La IA tampoco opera en neutralidad. Un estudio de 2025 indicó que el 82% de las imágenes generadas por IA carecen de inclusividad cultural, mientras que modelos de evaluación estética como SCUT o MEBeauty muestran disparidades y sesgos éticos significativos. En la práctica, eso refuerza ideas de belleza culturalmente restrictivas.
La exposición a esa “belleza digitalmente curada”, mediada por algoritmos, también tiene consecuencias fuera de pantalla. Una revisión sistemática de 2024 estableció una relación clara entre la insatisfacción corporal y la intención de recurrir a cirugía estética: el 70% de las mujeres jóvenes y el 60% de los hombres jóvenes considerarían seriamente someterse a ese tipo de procedimientos.
En paralelo, el ecosistema de presión estética sin precedentes que describió Nuria Oliver, doctora en inteligencia artificial por el MIT, se apoya en tres niveles relacionados entre sí: la definición de cánones de belleza, la modulación de la visibilidad de los contenidos y la incorporación del sesgo estético en los sistemas de análisis y toma de decisiones.
Oliver advirtió que los tres frentes son preocupantes y que, en conjunto, conforman un entorno de presión estética sin precedentes.
Un problema que crece con la expansión de la IA
El informe macroscópico de Dove de 2024, realizado sobre 33.000 personas en 20 países, añadió cifras que dimensionan el alcance del fenómeno. Entre sus proyecciones, señala que el 90% del contenido online será en el futuro generado o alterado por IA y que 2 de cada 5 mujeres estarían dispuestas a renunciar a un año de vida a cambio de lograr el cuerpo ideal.
Los hallazgos dibujan un escenario en el que la IA deja de ser solo una herramienta de edición y pasa a actuar como un sistema de validación estética, con consecuencias sobre la autoestima, la percepción corporal y la salud mental.