Catherine Mirimanova era una joven preocupada por su cuerpo, como tantas otras. Sutendencia a ganar kilos con facilidad la había llevado a encadenar una dieta con otra durante varios años.
El patrón siempre era el mismo: semanas de dieta estricta, hambre y mal humor para perder unos pocos gramos.
Sin embargo, la tortura alimenticia a la que se sometía con regularidad nunca servía para nada ya que, en cuanto cesaba el régimen, comenzaba a recuperar el peso perdido junto a algún kilo extra.
Entonces las tribulaciones y los problemas llamaron a su puerta. La muerte de un familiar cercano y muy querido, una dura ruptura sentimental, trabajo, dinero… la comida se convirtió en un alivio.
