Calentar alimentos en recipientes de plástico aptos para microondas puede desprender miles de millones de microplásticos y nanoplásticos invisibles, según un estudio de la Universidad de Nebraska-Lincoln publicado en Environmental Science & Technology. La investigación señala que el problema no depende solo de la temperatura, sino también del estrés físico que sufren los polímeros durante el calentamiento.

Qué ocurre dentro del microondas

Las microondas trabajan con una frecuencia cercana a los 2,45 gigahercios y calientan al poner en vibración las moléculas de agua. Por eso la comida se calienta con rapidez: contiene agua. También los platos de cerámica pueden absorber algo de energía por el agua retenida en su arcilla porosa. El plástico, en cambio, apenas tiene agua, aunque sí puede interactuar con la radiación a través de sus cadenas de polímeros.

La diferencia está en la forma en que la energía afecta al material. Mientras el alimento absorbe el calor de manera eficiente, el recipiente plástico recibe un tipo de estrés que puede debilitar su estructura. El resultado visible es un envase que quema al tacto; el invisible es la liberación de partículas microscópicas hacia el interior del recipiente y, por extensión, hacia la comida.

Microondas no equivale a radiación ionizante

Las microondas no son radiación ionizante ni tienen relación con la radiactividad. El horno microondas funciona como una jaula de Faraday, una carcasa metálica que mantiene las ondas dentro del compartimento. La malla de la puerta tiene orificios mucho más pequeños que la longitud de onda de esas emisiones, por lo que impide que escapen. Estar cerca del aparato no representa un riesgo de ese tipo.

La confusión habitual entre microondas y radiactividad no se sostiene en la física. La radiactividad implica la emisión de partículas subatómicas desde núcleos atómicos inestables, mientras que las microondas son fotones de baja energía, similares a los de las ondas de radio o la luz visible, pero en otra frecuencia. Lo que sí hacen es calentar materiales con rapidez, y ahí aparece el problema estudiado por el equipo de Kazi Albab Hussain.

Cuántas partículas puede liberar un envase

El trabajo midió la liberación física de fragmentos sólidos del propio material bajo estrés dieléctrico, algo que los análisis previos no habían cuantificado con este nivel de detalle. Para ello, el equipo utilizó microscopía de campo oscuro, una técnica capaz de detectar partículas por debajo del umbral visible y contarlas con precisión.

Calentar comida en un táper de plástico puede liberar microplásticos invisibles

Los resultados fueron llamativos: algunos envases de polipropileno y de bioplástico CPLA liberaron hasta 4.220 millones de partículas por centímetro cuadrado en un solo ciclo de calentamiento, según las condiciones del ensayo. No todos los materiales se comportaron igual. El CPLA, un bioplástico derivado del ácido poliláctico que se vende como opción sostenible, mostró algunos de los valores más altos. El polipropileno convencional, muy usado en tápers de cocina, también presentó tasas importantes de liberación.

La cantidad de partículas varió según el material, el tiempo de calentamiento y el contenido del recipiente. En otras palabras, no se trató de un comportamiento uniforme, sino de una respuesta que depende de varias condiciones de uso.

Qué pasó con las células expuestas

El equipo no se limitó a contar partículas. También expuso células embrionarias renales humanas HEK-293 a distintas concentraciones de los microplásticos y nanoplásticos recuperados durante los ensayos. A las concentraciones más altas, la viabilidad celular disminuyó de forma significativa.

El mecanismo exacto no quedó completamente aclarado en esta investigación, aunque los datos apuntan a que las partículas más pequeñas, las nanoplásticas, fueron las que más afectaron a los cultivos celulares. Se trata, en todo caso, de pruebas realizadas in vitro, en laboratorio y bajo condiciones controladas, por lo que no equivalen a un escenario doméstico real.

Qué significa para el uso cotidiano

No existe todavía un estudio clínico que demuestre que usar tápers de plástico en el microondas produzca los mismos efectos en el tejido digestivo humano. Tampoco está resuelto qué proporción de estos nanoplásticos ingeridos logra cruzar barreras biológicas, llegar al torrente sanguíneo y acumularse en órganos.

Aun así, los datos físicos y químicos muestran que la liberación de partículas sí ocurre y que puede reducirse con un cambio de hábito: usar cerámica o cristal para calentar la comida. El punto no es que los recipientes “aptos para microondas” sean peligrosos por definición, sino que la evaluación de seguridad vigente no contempló la fragmentación nanométrica como variable cuando se redactaron las normas actuales.

La discusión científica sigue abierta sobre cuánto de esta exposición se acumula con el tiempo, qué papel tiene el tipo de alimento en contacto con el recipiente y qué ocurre con esas partículas dentro del organismo. En esa línea, estudios recientes vinculan la exposición crónica a plásticos con un aumento de la mortalidad cardiovascular, aunque todavía hacen falta estudios in vivo de larga duración para establecer conclusiones definitivas.