La primera imagen conecta con el político avezado, con el zorro viejo, con el periodista ávido de información, de actualidad. En sus manos se encuentra la firmeza que ya no hay en su voz o sus piernas, pero su presencia y lucidez inunda la habitación, claridad que lo mantiene absolutamente preocupado por la situación actual del país, por la encrucijada en la que se encuentra, la que considera de suma gravedad, “nunca antes experimentada”, asegura sin temor a caer en exageraciones.
Pompeyo Márquez lee el periódico —a su lado hay una pila mínima de cuatro ejemplares— al momento que su esposa, Yajaira Araujo, le advierte de la presencia del equipo periodístico. Yajaira acompaña al veterano político desde el año 2000, cuando se conocieron en los pasillos del Ministerio de Relaciones Exteriores. Él estaba a cargo de la oficina de la Copaf, de asuntos fronterizos, y ella era la directora de protocolo y relaciones públicas de la institución oficial. Ya el veterano político había dejado el cargo de ministro de la cartera internacional.
“Me llamó todos los días por un mes hasta que acepté una invitación al cine y justo el día que fuimos al cine se fue la luz”, recuerda la mujer entre risas. En el 2005 el fundador del MAS contrajo matrimonio por segunda vez. Durante 52 años su vida estuvo signada por la compañía de Socorro Negretti, fallecida en 1998.
Ahora le toca el turno a Araujo, quien reconoce que se enamoró del hombre honesto, del hombre inteligente y preocupado por el país en el que nació hace ya 95 años, específicamente en Ciudad Bolívar. “Poner a Pompeyo en un acto es poner la honestidad en pleno”, dice llena de orgullo, mientras se pasea por los cuadros fotográficos que adornan la sala y cuentan una historia en común.
Admite que la cautivó ese hombre que una vez se adentró en los intríngulis de la revolución cubana, que intentó importarla a territorio nacional por años y cuya aventura hoy no teme reconocer como uno de los principales errores de su vida. En este punto —a su parecer— radica la honestidad del político de izquierda, que nunca creyó en el proyecto de Hugo Chávez, y lamenta la hora menguada que atraviesa el país.
Honestidad que, dice, también se manifiesta en el apoyo que brindó a la segunda presidencia de Rafael Caldera. En 1994 no dudó en acompañar en su gestión al entonces líder de Convergencia y en otrora adversario político, en el cargo de ministro de Estado para Asuntos Fronterizos de Venezuela, por cinco años.
Apostaba nuevamente al mismo hombre que lo haría salir de la clandestinidad en la década del 60 y tomar los caminos regulares de la democracia, senderos que no volvió a abandonar, y que lo llevó a luchar desde un curul como senador de la República por 20 años, después de conocer de prisiones, clandestinidad y exilio.
Con 95 años el hablar de Márquez es pausado, medido; sin embargo, la claridad y el tono, el sentimiento, surgen con mayor firmeza cuando se pronuncia sobre aquello que no comparte, como el “desastre” en el que está sumida Venezuela. Con el dolor dibujado en la voz rechaza que enfermedades ya erradicadas, personas comiendo de la basura o muriendo por falta de medicamentos sean parte del acontecer nacional, al igual que la evidente crisis que se palpa en cada uno de los sectores de la vida nacional.
Y a su edad y con tanta historia encima no anda con medias tintas: “Lo que se reclama y se requiere es una cambio de gobierno, de presidente, de régimen, de modelo económico, de restablecer las instituciones, los derechos humanos atropellados diariamente, porque estamos en presencia de una dictadura militar que tiene un barniz civil. Estamos en un país en lo que impera es la ley de la selva”, asegura.
Desde su trinchera, donde pasa los últimos momentos de su vida, aúpa por una unidad firme, fuerte, sólida que dé forma a una plataforma nacional en torno a un objetivo en común para que se consiga el cambio. Pese a la dureza de sus criterios no pierde el optimismo ni la esperanza, está convencido de que el país está en capacidad de recuperarse, que cuenta con las riquezas necesarias para ello.
Pompeyo Márquez y su esposa Yajaira Araujo.
“Esta es la tragedia más grande que haya vivido Venezuela en el curso de este siglo XX, incluidas las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez”, asegura el hombre que salió a pelear contra la primera dictadura del siglo XX cuando apenas contaba con 14 años y más nunca dejó de luchar. La primera cárcel la vivió siendo apenas un adolescente, cuando repartía un “manifiesto de protestas” en contra de la muerte del estudiante normalista Eutímedes Rivas en un asalto a la universidad.
Fue precisamente la cárcel su mayor universidad, su escuela, como él mismo reconoce al señalar que es un “autodidacta”. El encierro le permitió poner en práctica las sabias enseñanzas de su abuela: ‘Anda con gente que sepa más que tú, solo así se puede progresar, enriquecer conocimientos. No desperdicies el tiempo”.
Lección que tomó a pie juntilla. Fue en un calabozo donde se adentró a la pasión revolucionaria, de la mano de Miguel Ramón Volcán, a quien conoció con 17 años en la cárcel de Puerto Páez, en la frontera con Colombia, por el estado Apure. “Fueron 6 meses y medio de conocimientos, 6-7 horas diarias de clases, fue mi adoctrinamiento de parte de un miembro del partido comunista español y francés”.
En esos espacios de dolor y represión comenzó a configurarse Santos Yorme, seudónimo con el que se dio a conocer en la lucha armada. Santos por Santos Luzardo, el protagonista de Rómulo Gallegos, el que se erigió “contra el imperialismo y la culturación del pueblo venezolano” y Yorme por una mezcla entre Pompeyo y Márquez.
Realidad que le marcó su vida hasta mediados de los 60, cuando ya era evidente que la revolución no triunfaría en el país. “A mí se me acabó el comunismo cuando leí las Memorias de Gorbachov, donde dijo que en la Unión Soviética nunca se construyó el comunismo, solo se instaló una camarilla de personas que se apoderó de un país para instalar la dictadura del proletariado”.
Hoy aboga por futuro, desde su vejez, espera por nuevos cambios. Afirma que Venezuela no es de un grupo o un sector, es de todos los venezolanos y “todos podemos dar una contribución a esa reconstrucción, que es una de las grandes tareas que está planteada: reconstruir una gran nación que fue próspera y que tuvo riquezas, riquezas que harán factible que seamos nuevamente un país próspero. Ningún pueblo se hunde, ningún país desaparece, pasa por sacrificios y a base de esos sacrificios hace su recuperación”.
Ocho años preso, 12 años en la clandestinidad, 20 años de senador y cinco como ministro son su carta de presentación, la cual recita con total claridad, son días, cuentas, tatuadas en una mente ágil, a pesar de la proximidad del centenario.
A esas cifras dan paso otras: 5 hijos, 11 nietos y 14 bisnietos. En esta ocasión sale el orgulloso cabeza de familia y comienza el conteo de los logros de los años, de los nietos profesionales, ingenieros, abogados que ahora son su principal referencia.
Al culminar el encuentro con el veterano político y retomar su rincón al lado de un balcón que regala un bello escenario, la realidad se hace presente con una lapidaria frase: “sería una hipocresía decir que me falta mucho, a mí me falta poco, yo estoy en los finales de mi vida. Desde aquí lo que hago es leer y escribir”.
Y el momento llegó, cinco días después de realizada esta entrevista partió el guerrillero, pero le quedan al país sus ideas, sus preocupaciones por una Venezuela mejor.