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Venezuela enfrenta una transición tutelada por EE UU y alejada del voto

Cinco meses después de la salida de Nicolás Maduro del poder, Venezuela atraviesa una normalización marcada por la distensión en el debate público, una…

Venezuela enfrenta una transición tutelada por EE UU y alejada del voto

Cinco meses después de la salida de Nicolás Maduro del poder, Venezuela atraviesa una normalización marcada por la distensión en el debate público, una menor represión abierta y más margen en algunos medios, pero también por una creciente distancia entre las expectativas de cambio de la ciudadanía y la ruta institucional que se ha ido imponiendo. En ese escenario, el peso decisivo ya no recae en las urnas, sino en la correlación de fuerzas que domina la transición.

El quiebre entre el voto y la transición real

La lectura política que gana terreno es que el cambio en Venezuela no se define únicamente por lo ocurrido en las elecciones del 28 de julio de 2024. Aunque aquella jornada tuvo una carga cívica importante, el giro determinante se produjo el 3 de enero de 2026, cuando Washington justificó su acción no como una intervención para restituir un resultado electoral, sino como una operación militar estratégica contra el narcotráfico y el terrorismo transnacional, tras meses de control estadounidense sobre las aguas y los cielos del Caribe.

Bajo esa lógica, la Casa Blanca asumió el control del tablero y pasó a definir los tiempos y los márgenes de negociación. En ese marco, los liderazgos civiles de la oposición no habrían sido incorporados desde el inicio a la coordinación política del proceso y, de acuerdo con esa interpretación, se habrían enterado de los acontecimientos por redes sociales. La soberanía nacional aparece así subordinada a la geopolítica, mientras el chavismo conserva la capacidad de desmontar la apertura si cambia la posición de Washington.

Machado, entre el respaldo popular y la negociación externa

En esa ecuación, María Corina Machado queda ubicada como una figura central y, al mismo tiempo, vulnerable. Su liderazgo es descrito como histórico por el respaldo de masas que acumula y por su papel en la resistencia política de los últimos años. Sin embargo, también se le atribuye un desajuste táctico desde el 3 de enero, al intentar aplicar una lógica de presión interna en un escenario donde las decisiones estarían condicionadas por la administración estadounidense.

La comparación con una “Juana de Arco” resume esa tensión: una dirigente indispensable en el plano moral y político, pero sacrificable en una negociación más pragmática. En ese marco, se plantea que Washington se inclina por un esquema de convivencia con figuras como Delcy Rodríguez y por el tendido de puentes con instituciones que permanecen activas, entre ellas la Asamblea Nacional de 2015, para discutir reformas sobre identidad, registro electoral, Consejo Nacional Electoral, libertad de expresión y otros temas institucionales.

La idea de fondo no sería definir quién gobernará el país, sino fijar las reglas del futuro inmediato.

Cuatro factores que explican el giro pragmático

La preferencia de Washington por un liderazgo más predecible se sostiene, de acuerdo con esta lectura, en cuatro elementos. El primero es la búsqueda de gobernabilidad dócil: tanto el Departamento de Estado como la Casa Blanca favorecerían actores más manejables para el mediano plazo. El segundo son las fricciones internas en Washington, alimentadas por intentos del equipo de Machado de construir presión en el Congreso estadounidense para condicionar a la administración Trump.

El tercer factor es la falta de confianza con los centros de poder que aún retienen parcelas burocráticas y militares dentro del chavismo. Ese sector ve a Machado como una amenaza existencial, mientras Washington calcularía que un gobierno encabezado por ella enfrentaría más resistencia que una fórmula de transición compartida. El cuarto elemento es la desconfianza de los actores económicos, tanto del empresariado nacional como de corporaciones transnacionales vinculadas a sectores energéticos y mineros, que no percibirían en la polarización asociada a Machado el entorno de estabilidad jurídica y política necesario para invertir.

Realismo político y límites de la oposición

Desde esa perspectiva, la salida no pasa por aferrarse a la épica del voto, sino por asumir el peso del realismo político. La historia reciente de la región muestra que confrontar de frente a la potencia que tutela el proceso puede llevar al aislamiento. En ese marco se recuerda que el último actor venezolano que ignoró las líneas rojas de Washington terminó en una prisión federal de Nueva York.

También se invoca el antecedente de Rómulo Betancourt en 1957, cuando entendió que, para hacer viable la democracia tras Marcos Pérez Jiménez, era necesario construir primero canales de confianza y previsibilidad con centros de poder global mediante aliados regionales, entre ellos Manuel Muñoz Marín, desde Puerto Rico. La comparación apunta a una misma conclusión: la oposición venezolana tendría hoy que aceptar temporalmente una transición subordinada y tutelada para reconstruir, con el tiempo, el tejido político, social e institucional que permita recuperar autonomía nacional.

En esa visión, el desafío inmediato es sostener la viabilidad del cambio dentro de límites estrechos, mientras el pulso entre la expectativa ciudadana y la arquitectura geopolítica sigue definiendo el rumbo del país.

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