Había una vez un elefante que quería ser fotógrafo. Sus amigos se reían cada vez que le oían decir aquello:
– Qué tontería – decían unos- ¡no hay cámaras de fotos para elefantes!
– Qué pérdida de tiempo -decían los otros- si aquí no hay nada que fotografiar.
Pero, el elefante seguía con su ilusión y poco a poco fue reuniendo trastos y aparatos con los que fabricar una gran cámara. Tuvo que hacerlo prácticamente todo, desde un botón que se pulsara con la trompa, hasta un objetivo del tamaño de su ojo, además de un montón de hierros para poder colgarse la cámara sobre la cabeza.
Así que una vez acabada, hizo sus primeras fotos, pero, su cámara era tan grandota y extraña que parecería una gran y ridícula máscara. Muchos se reían tanto al verle aparecer, que el elefante comenzó a pensar en abandonar su sueño. Para más desgracia, parecían tener la razón los que decían que no había nada que fotografiar en aquel lugar.
Sin embargo, la vestimenta del elefante con su cámara era tan divertida, que nadie podía dejar de reír al verle, y usando un montón de buen humor, el elefante consiguió divertidas e increíbles fotos de todos los animales, siempre alegres y contentos, ¡incluso del malhumorado rino! Así, se convirtió en el fotógrafo oficial de la sabana. De todas partes acudían los animales para sacarse una sonriente foto.
Reflexión: Niños, es importante entender que algunas personas no podrán ver nuestras capacidades y menospreciarán lo que hacemos o anhelamos, sin embargo, de nosotros siempre dependerá alcanzar el éxito. Si sabemos utilizar las críticas, seguro no serán un obstáculo, sino, un gran impulso.