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Te invitamos a leer la fábula del Águila y la Tortuga

Érase una vez una tortuga que vivía muy cerca de donde un águila tenía su nido. Cada mañana observaba a la reina de las aves y se moría de envidia al verla volar.

– ¡Qué suerte tiene el águila! Mientras yo me desplazo por tierra y tardo horas en llegar a cualquier lugar, ella puede ir de un sitio a otro en cuestión de segundos ¡Cuánto me gustaría tener sus magníficas alas!

El águila, desde arriba, se daba cuenta de que una tortuga siempre la seguía con la mirada, así que un día se posó a su lado.

– ¡Hola, amiga tortuga! Todos los días te quedas pasmada contemplando lo que hago ¿Puedes explicarme a qué se debe tanto interés?

– Perdona, espero no haberte parecido indiscreta… Es tan sólo que me encanta verte volar ¡Ay, ojalá yo fuera como tú!

El águila la miró con dulzura e intentó animarla.

– Bueno, es cierto que yo puedo volar, pero tú tienes otras ventajas; ese caparazón, por ejemplo, te protege de los enemigos mientras que yo voy a cuerpo descubierto. Además tu puedes durar muchos años de vida, mientras que las de mi especie solo duran entre 20 y 30 años.

La tortuga respondió con poco convencimiento.

– Bueno…si tú lo dices… No es que me queje de mi caparazón, pero no se puede comparar con volar ¡Tiene que ser alucinante contemplar el paisaje desde el cielo, subir hasta las nubes, sentir el aire fresco en la cara y escuchar de cerca el sonido del viento justo antes de las tormentas!

La tortuga insistió:

– Escucha, amiga águila ¡se me ocurre una idea!  ¿Qué te parece si me enseñas a volar?

El águila no daba crédito a lo que estaba escuchando.

– ¿Es broma?

– ¡Claro que no! ¡Estoy hablando completamente en serio! Eres el ave más respetada del cielo y no hay vuelo más estiloso y elegante que el tuyo ¡Sin duda eres la profesora perfecta para mí!

El águila le dijo:

– A ver, amiga, déjate de tonterías…  ¿Cómo voy a enseñarte a volar? Tú cuerpo no fue hecho para eso.

La testaruda tortuga se puso tan triste que de sus ojos redondos como lentejitas brotaron unas lágrimas.

El águila se conmovió de la tristeza de su amiga y le consoló:

– Tú no puedes volar, pero solo con la ayuda de un amigo como yo puedes saber qué se siente. Te ayudaré a subir pero tú serás la única responsable de lo que te pase ¿Te queda claro?

– ¡Muy claro! ¡Gracias, gracias, amiga mía!

El águila abrió sus grandes y potentes garras y la enganchó por el caparazón. Nada más  remontar el vuelo, la tortuga se volvió loca de felicidad.

– ¡Sube!… ¡Sube más que esto es muy divertido!

El águila ascendió  más alto, muy por encima de las copas de los árboles y dejando tras de sí los picos de las montañas.

¡La tortuga estaba disfrutando como nunca! Cuando se vio lo suficientemente arriba, le gritó:

– ¡Ya puedes soltarme!  ¡Quiero planear surcando la brisa!

El águila le dijo: ¡Claro que no, te harás daño!

La tortuga insistió muchas veces, por ello, lo único que pudo hacer el Águila fue bajar altura y soltarla lo más cerca de la tierra posible para que no se hiciera tanto daño. Abrió las garras y, como era de esperar, la tortuga cayó contra el suelo.

– ¡Ay, qué dolor! ¡Ay, qué dolor! No puedo ni moverme…

El águila bajó y comprobó el estado lamentable en que su amiga había quedado. El caparazón estaba lleno de grietas, tenía las cuatro patas rotas y su cara ya no era verde, sino morada. Había sobrevivido de milagro pero tardaría meses en recuperarse.

El águila le recordó.

– ¡Te lo dije! ¡Pero no me hiciste caso! Esto es lo que pasa por no aceptarte como eres. Todos tenemos defectos y virtudes. Si no tienes el don de volar tienes otros que debes valorar.

La tortuga, muy dolorida, admitió su error.

– ¡Ay, ay, tienes razón, amiga mía!  Lamento no haberte escuchado. Aquí abajo en la tierra es todo más seguro y no me haría daño. ¡No lo volveré a hacer! 

Moraleja: Esta fábula nos enseña que tenemos que amarnos como somos porque de lo contrario podemos hacernos mucho daño. Que en la vida, antes de actuar, debemos valorar los consejos de la gente buena y sensata que nos quiere.

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