Existió una vez un dinosaurio, apodado Dino, que era tan grande como un castillo. A pesar de su tamaño Dino era un dinosaurio bueno y muy feliz, y amaba tanto a la naturaleza que era absolutamente incapaz de hacerle daño ni a un molesto mosquito. Se pasaba el día tan alegre que saltaba y danzaba por doquier animando a cuantos pasaban a su alrededor.
Sin embargo, un día ocurrió un accidente terrible. Dino, en uno de sus joviales paseos, pisó sin querer, con su gran pie, una preciosa flor que había junto al camino. La bella flor no pudo soportar la fuerza de aquella pisada, y aquel terrible accidente supuso el fin de la alegría para Dino. A pesar de que todos le animaban diciéndole que había sido un percance desafortunado y que podía haberle pasado a cualquiera, Dino no se consolaba y no se perdonaba a sí mismo el no haber estado más atento.
