A propósito del inicio del año escolar resaltamos la labor de los educadores, formadores del futuro. Creadores de esperanza, ilusiones y posibilidades para que lo niños crezcan como persona y académicamente.
Inspirado en la importancia de la profesión, de recuperar la pasión por el aula, por lo niños y por la educación con amor, el profesor Antonio Pérez Esclarin (@pesclarin) comparte con los lectores de la revista principal un artículo para destacar la misión de los maestros y resaltar la importancia de trabajar con pasión y por amor a los niños.
El comienzo de un nuevo año escolar me brinda la oportunidad de insistir en que, si queremos educación de calidad, necesitamos educadores de calidad, capaces de liderar las transformaciones pedagógicas necesarias y de ser ejemplo de los valores que necesitamos para superar la gravísima crisis moral que nos carcome.
Necesitamos, en definitiva, MAESTROS. Tenemos muchos licenciados, profesores y hasta magisters y doctores, pero escasean cada vez más los maestros: hombres y mujeres que encarnan estilos de vida, ideales, modos de realización humana. Personas orgullosas y felices de ser maestros que buscan la formación continua ya no para acaparar títulos, credenciales y diplomas, sino para servir cada vez mejor a los alumnos.
Ser maestro, educador, es un privilegio y una gran responsabilidad; implica la convicción de vivir una vocación especial de gestar genuinas personas y ciudadanos responsables y solidarios. Privilegio que Gabriela Mistral definió como la tarea de “crear el mundo del mañana”. Tarea hermosa y apasionante, un desafío por el cual vale la pena gastar una vida.
Un buen maestro, un educador, es la principal lotería que le puede tocar a un grupo de niños o jóvenes en la vida. Él o ella pueden suponer la diferencia entre un pupitre vacío o un pupitre ocupado, entre una vida trivial o una vida con sentido, entre un delincuente o una persona entregada al servicio de los demás. Por ello, la educación no puede ser meramente un medio para ganarse la vida, sino que debe asumirse como un medio para dar vida, para defender la vida, para provocar las ganas de vivir con sentido y con proyecto.
Si ninguna otra profesión tiene consecuencias tan importantes para el futuro de la humanidad como la profesión de maestro, la sociedad debería considerar esta profesión de un modo tan especial que atrajera a los mejores estudiantes. Resulta muy incoherente alabar en teoría la labor de los maestros y maltratarlos en la práctica. La sociedad exige mucho a los maestros y les da muy poco. Todo el mundo desea el mejor maestro para sus hijos, pero muy pocos quieren que sus hijos sean maestros, lo que evidencia la contradicción que reconoce la importancia de los maestros, pero los trata como a profesionales de segunda o tercera categoría. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, primero debemos acabar con la pobreza de la educación y con la pobreza de los educadores. Junto a una justa remuneración, deben emprenderse profundos cambios en los procesos de selección y formación tanto inicial como permanente de los educadores.