Los acuerdos petroleros anunciados hace dos meses por los gobiernos de Estados Unidos y Venezuela abrieron la puerta al capital extranjero para asumir directamente la producción de crudo y dejaron a Petróleos de Venezuela como una empresa con menos peso operativo que antes.
La nueva estructura, descrita como un cambio de era para la industria, marca el cierre de un ciclo de 50 años de protagonismo de la estatal en la extracción y el refinado.
La reforma que cambió el tablero
El encuadre legal de este giro fue la reforma a la Ley Orgánica de Hidrocarburos, aprobada tres semanas después del ataque militar estadounidense del 3 de enero de 2026. Esa modificación dio un plazo de 180 días para adecuar los términos del régimen anterior, en el que el Estado se asociaba con empresas internacionales en convenios mixtos donde conservaba la mayoría accionaria.
A partir de la entrada en vigor de la reforma, las compañías internacionales y nacionales que operan en el país han ido ganando autonomía para ejecutar sus operaciones por cuenta propia. PDVSA sigue presente en varios campos petroleros, pero ahora desempeña sobre todo un papel rector: contratante, titular de activos como refinerías y oleoductos, socio e interlocutor estatal.
Una estatal debilitada
La magnitud del deterioro de PDVSA explica el cambio. La producción diaria de la estatal apenas llega a 450.000 barriles diarios, frente a los tres millones que producía antes. Sus refinerías continúan con averías crónicas y su nómina, según analistas especializados, ronda las 100.000 personas.
La deuda de la compañía también es descomunal: se calcula en 34.000 millones de dólares, sin incluir intereses vencidos ni obligaciones ligadas a litigios internacionales que casi duplican ese monto. La corrupción dentro de la empresa, además, dejó una marca de descomposición institucional y dañó su reputación como socio comercial.
“Lo que estamos viendo es que a PDVSA le ha tocado abrirse, salir de ese monopolio rígido al que ha estado acostumbrada”, afirmó Antero Alvarado, socio principal y director de la firma Gas Energy Latin America. Sostuvo que, en campos donde la compañía operaba sola, ahora han buscado socios privados y que su rol es “algo más pasivo” en el nuevo esquema.
Alvarado agregó que los Contratos de Participación Productiva se hacen sobre campos petroleros y oleoductos que siguen siendo propiedad de PDVSA, pero bajo un modelo en el que los privados cobran por el uso de esas infraestructuras.
El negocio cambia de manos
Ricardo Penfold, economista y asesor internacional de bancos de inversión, fue más lejos: dijo que el país entra en “otro modelo” y que se trata de la privatización de la industria petrolera nacional.
Según Penfold, PDVSA está muy débil, necesita mucho dinero para aumentar su capacidad de producción y no lo tiene. Por eso considera que su papel podría consolidarse como promotor y fiscalizador de contratos con el sector privado, en una empresa más pequeña ajustada a la realidad actual.
Penfold también planteó que una reestructuración adecuada de la deuda y su eventual ingreso al mercado de capitales serán claves para el futuro de la estatal. Añadió que Delcy Rodríguez ha tratado de poner orden en la adjudicación de los Contratos de Participación Productiva y en los temas fiscales.
Hoy, PDVSA no está privatizada, pero el negocio petrolero nacional sí ha cambiado de manos de forma sustancial.





