El TSJ, devenido en actor político, se despoja de su traje de árbitro y entra a la cancha política convertida en una suerte de “vale todo”, donde los jugadores emplean sin compasión las armas y estrategias a su alcance, por cuanto las reglas permiten “casi todo”.
Luego de declararse la omisión parlamentaria, la Sala Constitucional del TSJ designa los nuevos rectores y rectoras del CNE. Posteriormente, se dictan sentencias que suspenden las directivas de AD y PJ. En un juego político sin reglas ni límites, la oposición denuncia una “arremetida del TSJ” que habría “despojado a las autoridades partidistas actuales del control de sus partidos”.
Acusaciones que curiosamente emanan desde un sector político donde se impone el todo vale –bloqueo económico, robo de activos, fondos congelados, retenidos o confiscados, invasiones, golpes de estado- con miras a eliminar al adversario.
Tales sentencias se interpretan como una vulneración del principio de la división de poderes, tal como se establece en la Constitución. Para que exista en la práctica el Estado de Derecho, es indispensable que ocurra realmente una separación de poderes mutuamente independientes.