Dice un refrán popular que muchas manos en la sopa ponen el caldo morado. Y, efectivamente, muy poco ha contribuido a la evolución positiva de la situación venezolana la manera en que distintos países se han involucrado en el acontecer interno nacional. Seguramente porque la experiencia histórica así lo indica, la no intervención es un principio básico consagrado: no sólo resguarda la paz sino que preserva las condiciones para que cada país decida lo que hace.
A principios de año, los distintos factores nacionales adelantaron conversaciones que estuvieron a punto de concretarse en un acuerdo. Posteriormente, se convocaron las elecciones presidenciales del 20 de mayo y varios de los más importantes partidos de oposición manifestaron su disposición a participar.
Sin embargo, desde el exterior se ejerció presión en el sentido contrario. De una parte, los países del grupo de Lima anunciaron que no reconocerían a quien resultara electo. Lo mismo se dio a entender desde la Unión Europea. Varios embajadores hablaron de cierre de embajadas. Y estos anuncios se convirtieron en argumento básico para el llamado a la abstención. “Cómo se va a participar, si la comunidad internacional no reconoce las elecciones”, se decía.
Al meter las manos, más allá de lo que la prudencia aconseja, contribuyeron a que “el caldo” de la política venezolana se enrareciera más. Ahora están en un aprieto. No saben si cerrar o no las embajadas y buscan qué hacer para no desdecirse. Si antes llamaban a la oposición para que no participara en las elecciones, ahora la conminan a que firme documentos a favor de “una solución política”. En el fondo, el mismo error, la injerencia en asuntos internos de otro país como si fueran propios, y con pasión partidista.
