No tengo idea de cuáles son los gustos musicales de la rectora principal del Consejo Nacional Electoral (CNE), Tibisay Lucena, pero ella me hace recordar con frecuencia a La Cigarra, aquella bella canción de María Elena Walsh que popularizó Mercedes Sosa y que es un canto a la vida, a la vida perdurable, al renacer constante. A esos ciclos vitales que definen lo que somos.
No lo digo solo por el hecho de que la oposición más furiosa ha matado a la señora Lucena varias veces por las llamadas redes sociales y ella, como La Cigarra, ha renacido una y otra vez ante todos los venezolanos y las venezolanas, y lo ha hecho, para mayor encanto, con un estoicismo impecable, con la naturalidad con la que una planta se llena de flores.
Y entonces vienen los cigarrones, los moscones, los coquitos hediondos a zumbar sobre ella, a engolosinarse soezmente con su polen sin ser laboriosas abejas y aun así, por esas cosas contradictorias de lo vivo, la planta florece más, se hermosea más.
La señora Lucena ha sido vilipendiada ferozmente por la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Sus voceros principales suelen dirigirse públicamente a ella desde la violencia y el agravio y, para mayor infamia, siempre con un dejo de misoginia. Algunos, incluyendo mujeres de la oposición, recurren al uso del artículo “la” antes de su nombre o apellido, para no referirse a la rectora, o a la persona, sino a “la Lucena” o “la Tibisay esa”.
La MUD ha invertido más tiempo, esfuerzo y recursos en insultar a la señora Lucena que en hacer campaña para que los venezolanos conozcan sus propuestas para la Asamblea Nacional. Como es evidente que su enjambre de opinadores ha perdido efecto, han buscado refuerzos internacionales como el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, quien pretendía venir a Venezuela a sustituir a la presidenta del CNE en sus funciones.
Como Venezuela es un país soberano, cuya soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en la Constitución e indirectamente por los órganos que ejercen el poder público; el Poder Electoral que ejerce la señora Lucena como su presidenta le bajó el copete a Almagro “el guapo” y éste, despechado, disminuido en sus pretensiones, en la actitud típica de un Johnny Bravo de otoño, le dio por escribir una carta de 18 páginas sobre asuntos que realmente no conoce ni sobre los que tiene derecho a opinar.
Mientras Almagro amargado escribía sus necedades, mientras los voceros de la MUD zumban como moscardones sobre la presidenta Lucena, los representantes de la oposición en el CNE aprueban y validan una por una todas las auditorias que se le han realizado al sistema electoral y enarbolan como un logro propio, que el CNE les haya aprobado una auditoría más.
Las elecciones en Venezuela son prístinas, no solo porque tenemos el más moderno sistema que garantiza que cada venezolano con derecho a voto es un y solo un voto, ejercido con plenas garantías y libertades con el simple uso de la cédula de identidad laminada y una de sus huellas dactilares, sino porque al frente del proceso umbilical de nuestra democracia tenemos a una mujer del coraje, la inteligencia, la paciencia, la experticia y la belleza de Tibisay Lucena.
Nunca le he visto levantar la vos más allá de lo que la cortesía indica. Jamás le he notado una pose de “dama de hierro”, una de esas actitudes medio masculinas a las que algunas mujeres en cargos importantes recurren para inspirar respeto. Tampoco apela a los tradicionales recursos femeninos de gestos, peinados y trajes para encandilar. A mí a veces me parece una discreta maestra de piano, una señora de su casa, formalmente vestida para recibir a las visitas, que domina el arte de cultivar matas en porrones y prepara unos dulces criollos exquisitos.
La oposición socarrona y envalentonada por sus respaldos internacionales más que por los apoyos nacionales va a seguir vilipendiando y calumniando a la señora Lucena, porque pretenden cobrarle a ella lo que los venezolanos no parecen estar dispuestos a darles en las máquinas electorales. Y la MUD tautológica solo puede escuchar su propio zumbido y en esa racionalidad del “yo o yo”, si pierden no perdieron sino que es fraude.
Aun así, ni antes ni ahora, nadie ha podido mellar la honorabilidad, la integridad de la señora presidenta del CNE en sus funciones, la suya ha sido una gestión exitosa e impoluta, y hasta la oposición más sensata terminará por comprender que eso también es una garantía de paz.