Entre la sabana que se pierde de vista hacia la punta del monte de Irurpana, de La Candelaria y los tibios médanos de Alitasía que se reflejan en las quietas aguas de la Laguna del Pájaro, dos muchachos crecen con la bendición de Ma’leiwa viviendo su hermoso mundo de la familiaridad y aprendiendo las enseñanzas de las matronas y de los A’laülaa, adultos mayores.
Fríos atardeceres, convocaban de diferentes casas a adultos, niñas y niños a la sana conversación de todos los días debajo de la gran mata de lara en la casa de Rina. ¡Que impresionante ver!, desde varios lugares, que los caminitos ya estaban hechos de tanto ir y venir. Y, allí se hablaba de todo en perfecta armonía y siempre para bien de la familia.
La vieja Selmira encabezaba este encuentro normal de paz y amor que a veces se tornaba triste cuando llegaba alguna mala noticia. Sin embargo, Chinca, Anta, Zenaida, Rina, Clotilde, Francia, Ana Josefa y Teresa le ponían alegría a la conversación. Noé y Vicente, criados con tierno cariño en el seno familiar y con la ausencia del tío materno y padre Vicente, hicieron una llave de hermandad y a su temprana edad cuidaban sus hermanas y hermanos. Fueron pastores y recolectores de las cosechas de cocos de cuyas ventas les tocaba una parte para comprar en Los Filúos y Maicao.
Cuando fueron al colegio de los Filúos conocieron cosas extrañas como sanos aventureros de Uleri, pero comenzaron a estudiar con esfuerzo y lograron adaptarse. Luego vino la necesidad de salir de Alitasia para poder continuar los estudios, asunto difícil para dos jóvenes acostumbrados a ver siempre cielo, tierra y noches estrelladas en toda su magnitud y expresión. Vicente, no aguantó y prefirió regresar al lar nativo y con la ayuda de la familia fue cultivando el amor por el trabajo creador que lo fue llevando en la vida a ser un próspero comerciante y luego productor agropecuario. Noé, se sobrepuso y fue avanzando en sus estudios hasta lograr ser un brillante ingeniero agrónomo, quien ocupó altas posiciones en la Universidad del Zulia.
