Se van a cumplir dos años de hiperinflación y se va a experimentar una contracción del 40% del PIB, según proyecciones de Consecomercio. ¿Existirá un escenario más calamitoso? Desgraciadamente, desde hace mucho tiempo la depresión económica permeó toda la estructura productiva nacional, y no se prevé ningún gesto de reanimación por ninguna parte; al contrario se persiste en un modelo económico que no entrega certeza jurídica, no cree en la responsabilidad fiscal, mucho menos en el respeto a la política monetaria y ni hablar de equilibrios macroeconómicos que le saben a tomillo.
Hemos sufrido un paquete de políticas económicas que han empobrecido –generalizadamente- a nuestro país, quién lo dudaría. Todas las decisiones en dicha materia han sido erráticas. La única precisión que han tenido las medidas ha sido el desplome impactante en todos los sectores productivos. Hoy tenemos empresas de tradición derrumbadas –sobre todo en sectores de la construcción, banca y manufactura- y sobreviviendo casi que por sentimentalismo de sus dueños o porque ya la edad no les permite arriesgarse a emprender fuera de nuestras fronteras.
Ciertamente, el autoritarismo que sufrimos no permite conciliar las diferencias que nos separan o fabricar esos acuerdos necesarios para retomar una senda de crecimiento económico sostenido. Sin embargo, debemos insistir en construir ese puente que nos una, porque la alternativa de la confrontación no desgasta a quienes tiene las armas y están bien dotados para el choque violento.
En nuestra emergencia humanitaria compleja –aparentemente- cuesta repensar la construcción de la nueva sociedad con sus nuevas reglas, objetivos, principios, definiciones y sentido de ser. No obstante, producto de tantos mitos derrumbados en este tiempo, no hay dudas de que una nueva administración tendrá la obligación de emprender varias reformas que impliquen nuevos esquemas de relación; un nuevo reconocimiento del otro; un nuevo respeto por el otro.
