El próximo 28 de octubre se cumplen 251 años del nacimiento en Caracas de Simón Rodríguez, el educador venezolano de mayor importancia en nuestra historia. Hoy, sin embargo, a pesar de que se proclama que sus ideas están sembradas en las propuestas educativas oficiales, es un hombre olvidado y traicionado, pues las políticas del Gobierno parecen orientadas a acabar con los maestros y así acabar con la educación. De ahí la necesidad de recuperar y poner en práctica su pensamiento.
Rodríguez vio con claridad que una vez lograda la independencia militar, para tener repúblicas fuertes y sociedades prósperas había que dejar a un lado a los militares y emprender la revolución cívica, mediante una educación que enseñara a trabajar, amar el trabajo, y “vivir en República”, es decir, que promoviera las “virtudes sociales”. Se trataba de convertir a los súbditos sumisos y obedientes, en ciudadanos libres e independientes “capaces de gobernarse a sí mismos”, y que no se dejaran dominar ni engañar por nadie.
Educación abierta a todos, especialmente a los más pobres y marginados, las víctimas directas de la cultura colonial que seguía intocada: “Si la educación se proporcionara a todos, ¡cuántos de los que despreciamos, por ignorantes, no serían nuestros consejeros, nuestros bienhechores y nuestros amigos! ¡Cuántos de los que nos obligan a echar cerrojos a nuestras puertas, no serían depositarios de las llaves! ¡Cuántos de los que tememos en los caminos, no serían nuestros compañeros de viaje!”.
La nueva educación debía combatir la pedagogía transmisiva y repetidora y asumir una pedagogía creativa y crítica: “¡Enseñen a los niños a ser preguntones, para que, pidiendo el porqué de lo que se les manda a hacer, se acostumbren a obedecer a la razón, no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre, como los estúpidos!”.