Numerosos errores han conducido a la oposición a la situación en que se encuentra, caracterizada por la disminución de su influencia, debilitamiento de la capacidad de movilización, deterioro de la imagen de su dirigencia, pérdida de posiciones institucionales en gobernaciones y alcaldías. Todo esto como consecuencia del abandono de la línea electoral adoptada desde 2006, que había dado buenos resultados.
Pudiera pensarse desde el sector gubernamental que este debilitamiento del contrincante es beneficioso para sus intereses. Sin embargo, el desmoronamiento de la oposición tiene objetivamente un impacto negativo que debería tomarse en consideración, en la medida en que la vitalidad de un sistema político depende de la existencia de una pluralidad que permita la contraposición de los diversos intereses sociales a través de organizaciones y partidos.
La experiencia histórica muestra que la pluralidad es consustancial a las formas de organización democrática de las sociedades, lo que se expresa por medio de la existencia de múltiples organizaciones. Entre esas asociaciones destacan las de carácter político, que adquieren la forma de partidos o de organizaciones no gubernamentales. Sin la existencia de la dinámica pluripartidista no hay competencia real entre visiones distintas ni en la lucha por el poder.
Por lo general, el pluripartidismo se da al interior de un sistema compartido de premisas básicas, constituido a partir no solo de referencias jurídicas sino también de pactos sociales implícitos y de coordenadas que definen los límites del modelo económico y social que le sirve de fundamento. La dinámica Gobierno-oposición permite la vigilancia de las acciones del Estado y limita las posibilidades de abusos, atropellos y hechos de corrupción.
