La desazón de estos días abruma. Diariamente aparece una evidencia más para afirmar que estamos muy alejados de construir un Estado moderno que detenga los excesos del personalismo malsano, las precariedades institucionales y el sistema jurídico retorcido.
No hay contenciones para moderar las decisiones públicas erráticas recientes. Su modelaje conductual se niega a someterse a las normas generales que nos igualan. Dicho de otra manera: No hay voluntad para supeditarnos al orden, reglas de onvivencia y valores establecidos que contribuyan a una coexistencia más saludable. Lamentablemente, todo se reduce a un despertar de demonios que destruya los más elementales códigos de civilización y los mínimos niveles de conciencia.
Hoy se valoriza la ilegalidad y todo lo endulzan con moralina. Aparentemente, todavía se nos quedó instalada la frase de los tiempos de la Corona española: “Se acata, pero no se cumple”.
La expresión de malestar está por todos lados y como cada cual tiene una apreciación distinta de los hechos, a partir de ahí actúa. En cuestiones valóricas estamos llenos de comportamientos confusos. Ahora bien, formular respuestas para complacer a todos se dificulta aún más cuando existen debates públicos complicados que tocan sensibilidades como las nuestras.
Es vox populi que la sociedad demanda resoluciones inmediatas, pero desafortunadamente no será posible. Para corregir la dirección del país se hace imprescindible un proceso extenso y complejo. La principal traba es la carente visión de país. Se requiere tomar decisiones consensuadas cuyos resultados no los vamos a ver, pues es, inevitable, iniciar un proceso de cambios culturales y sus frutos no serán para esta noche. Sabemos que reparar el tejido social cuesta generaciones. El capital social es una variable esencial para las transformaciones culturales y el desarrollo potencial de una nación.
Por esto, se pudiera empezar con guías de acciones concretas que reconstruyan este capital demolido, tales como: la confianza mutua, honestidad, cooperación, civismo, solidaridad, reciprocidad, ética y todo aquello que oriente el sentido hacia la colectividad colaborativa. Y esto, se logra impregnando la psique colectiva con emociones positivas que digieran las normas y códigos civiles, desechen las actitudes polarizantes, ejemplifiquen el entendimiento, estimen las preferencias por la asociación y sus actores cumplan los compromisos.
Simplemente, asimilar la cohabitación respetando los límites y los preceptos jurídicos que regulan los comportamientos sociales. Sin embargo, ¿qué valores civiles nos queda o con cuál sistema de justicia drenamos todo este tóxico que respira la sociedad? ¿Cómo les ponemos unos anteojos a nuestra dirigencia política para que vea la urgencia de acordar un proyecto país sin mezquindades? Aquí está encerrado el desafío.
A veces, uno quisiera entregarse resignado a la ilusión de que se aproxima algo virtuoso, pero el optimismo no alcanza para proyectarnos psicológicamente y nos ayude a entrever la magnitud de todos los efectos que tendrá el desenlace de esta historia.