Opinión

¿Qué es eso de “la Nación”?

En cualquier texto de definiciones básicas podemos encontrar que la nación es un territorio-soportado con delimitaciones geográficas históricas-, conformado  por un conjunto de personas que los une aspectos comunes que van desde tradiciones culturales hasta símbolos patrios, que además conviven practicando diferentes religiones, pertenecen a distintas etnias, muchas veces se relacionan utilizando varios idiomas, y al mismo tiempo, están regidos bajo un sistema de gobierno. 

La construcción de una nación se va gestando por causa de sucesos históricos y una serie de azares que se desarrollan al interior y exterior de las sociedades.

 Asimismo, se van juntando causas comunes que van dibujando cuestiones de identidad y sentimientos de nacionalidad.  Pero si dedicamos un tiempo para analizar cuál es el rasgo distintivo que nos determina como nación, aterrizamos en un remolino de apreciaciones que enredan la tarea y complejizan el concepto. Si  precisamos el término sólo por la raza, nos damos cuenta que no hay raza pura, pues, somos el resultado de un sinfín de cruces imposibles de establecer con exactitud, y ni aún el mejor grupo de genealogistas nos darían prueba de un venezolano “auténtico y puro” más que otro. Somos mezclas de los pueblos y sus historias que constituyen nuestros 916.445  kilómetros cuadrados.

 Si intentamos reconocerlo por nuestras prácticas culturales, nos encontramos con innumerables tradiciones como las fiestas de San Juan en Curiepe, los carnavales en El Callao, la fiesta en Elorza o el espiritismo en la montaña de Sorte.  Al considerar la religión como fundamento aglutinador de la nación, tampoco sería concluyente porque cohabitamos con multiplicidad de creencias. Si lo separamos por el idioma, a pesar de que claramente domina el español, nos tropezamos con una variedad de lenguas indígenas.    Si procuramos estimarlo por nuestras comidas y bebidas, nos topamos con el sancocho margariteño, las acemas de Carache, la chicha andina o el cocuy de penca de Siquisique.  

Entonces, si estos no son los preceptos que establece a una nación, pregunto: ¿cuál es la marca de nuestra existencia nacional? ¿Qué le otorga explicación a esa palabra?  A mi juicio, Ernest Renan, se acerca con equilibrio y consonancia a esta aclaración cuando escribió que una nación es  “un principio espiritual, resultante de las complicaciones profundas de la historia, una familia espiritual, no un grupo determinado por la configuración del suelo”. 

En mi opinión, eso que declaramos como nación se alimenta más de voluntad de unión que continuidad de costumbres; representa más de respeto a los derechos de todos que de intereses personales aislados; está más cerca del coraje y conciencia de sus integrantes que nichos de patriotismos; está más próxima a la gran disposición de instituir esfuerzos  juntos que resulten en logros con permanencia en el tiempo basados en condiciones laicas, democráticas y miramiento social que pretensiones segregacionistas y excluyentes. Definitivamente,  -con la ayuda de Renan-, es simplemente “una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón, crea una conciencia moral que se llama una nación”.  

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