En cualquier texto de definiciones básicas podemos encontrar que la nación es un territorio-soportado con delimitaciones geográficas históricas-, conformado por un conjunto de personas que los une aspectos comunes que van desde tradiciones culturales hasta símbolos patrios, que además conviven practicando diferentes religiones, pertenecen a distintas etnias, muchas veces se relacionan utilizando varios idiomas, y al mismo tiempo, están regidos bajo un sistema de gobierno.
La construcción de una nación se va gestando por causa de sucesos históricos y una serie de azares que se desarrollan al interior y exterior de las sociedades.
Asimismo, se van juntando causas comunes que van dibujando cuestiones de identidad y sentimientos de nacionalidad. Pero si dedicamos un tiempo para analizar cuál es el rasgo distintivo que nos determina como nación, aterrizamos en un remolino de apreciaciones que enredan la tarea y complejizan el concepto. Si precisamos el término sólo por la raza, nos damos cuenta que no hay raza pura, pues, somos el resultado de un sinfín de cruces imposibles de establecer con exactitud, y ni aún el mejor grupo de genealogistas nos darían prueba de un venezolano “auténtico y puro” más que otro. Somos mezclas de los pueblos y sus historias que constituyen nuestros 916.445 kilómetros cuadrados.
Si intentamos reconocerlo por nuestras prácticas culturales, nos encontramos con innumerables tradiciones como las fiestas de San Juan en Curiepe, los carnavales en El Callao, la fiesta en Elorza o el espiritismo en la montaña de Sorte. Al considerar la religión como fundamento aglutinador de la nación, tampoco sería concluyente porque cohabitamos con multiplicidad de creencias. Si lo separamos por el idioma, a pesar de que claramente domina el español, nos tropezamos con una variedad de lenguas indígenas. Si procuramos estimarlo por nuestras comidas y bebidas, nos topamos con el sancocho margariteño, las acemas de Carache, la chicha andina o el cocuy de penca de Siquisique.
