Es evidente que el gobierno perdió la brújula y confundió socialismo con populismo y capitalismo de estado, al que los altos precios petroleros le posibilitaron implantar ciertas políticas sociales y crear una imagen de bienestar sobre pies de barro. El derrumbe de los precios mostró lo muy equivocadas que eran las políticas emprendidas que terminaron por hundirnos en el caos, escasez, inflación y violencia. Pero no podemos renunciar a nuestros ideales de justicia y paz, y debemos trabajar por reconstruir a Venezuela sobre las bases de la prosperidad pero también de la equidad, de modo que no olvidemos, sino que incluso privilegiemos, a los pobres y los perdedores de siempre y nos esforcemos por superar la pobreza, la violencia y la improductividad.
Para mí, el mayor fracaso del chavismo es que con su discurso redentor, su desconocimiento de la ética más elemental y su ineficacia en crear modelos alternativos y resolver los problemas del país, especialmente los de los pobres, ha socavado las bases de la auténtica democracia social e incluso en los últimos tiempos, ha mostrado un rostro indudablemente fascista.
Por ello, en estos momentos en que nos acercamos a un cambio de modelo, debemos hacernos con rigor la pregunta de ¿Qué Venezuela queremos y estamos dispuestos a construir? Y la respuesta tiene que juntar prosperidad y equidad. La prosperidad se logrará combatiendo con vigor la corrupción y con unas políticas productivas eficientes que premien el esfuerzo y posibiliten a las mayorías vivir dignamente de su trabajo.
La equidad va a suponer mantener y mejorar las políticas sociales que atienden a la población más vulnerable, que les permitan vida digna y les ayuden a salir de la pobreza. No olvidemos que la genuina democracia sólo es posible en el marco de la justicia social, pues el primer requisito de la democracia tiene que ser asegurar la vida y el bienestar de todos.
