Pareciera que la noción de progreso se extinguió en nuestra ‘tierra de gracia’. Hoy por hoy, el mundo nos ve como el caso ejemplar de lo que NO se debe hacer en materia política, económica, social, cultural y medioambiental. Y, lamentablemente, no se advierte algún estímulo que cambie las perspectivas.
Estamos creando muchas fantasmas que serán difíciles de desaparecer en el mediano o largo plazo, tal como le pasa actualmente a los argentinos, pues, por más que ellos intentan borrar su pasado moroso, el mundo le dice que todavía no son merecedores de confianza. Algo de esto quizás nos ocurra cuando se produzca el anhelado cambio. Y, por cierto, ojalá logremos hacer esas cosas distintas que nos desmarquen de la inestabilidad argentina y de todos los países que han experimentado transiciones traumáticas. De cualquier manera, hay muchos casos para estudiar cuidadosamente.
Keynes planteaba que “gran parte de nuestras actividades positivas dependen más del optimismo espontáneo que de una expectativa matemática, ya sea moral, hedonista o económica”. ¿Qué tal nuestro optimismo espontáneo hoy? ¿Cuántos creen que en nuestro país las capacidades productivas se despliegan normalmente y gozan de buena salud? ¿Cuántos pueden creer que el negocio de la criminalidad no avasalla cualquier emprendimiento legal? ¿Cuántos pueden apostar que el naciente año será mejor que el pasado?
Ciertamente, seguiremos transitando la pendiente negativa que no detiene su curso destructivo porque quienes perseveran en ello están convencidos de que el estado de derecho es una caricatura antojadiza, el mercado es satánico, las libertades son exquisiteces, la planificación central es magnánima y el control social es lo que traerá consigo el bienestar para todos. Siendo así –digo yo-, el declive se mantendrá garantizado.